Widad Salloum, Raseef22, 22 de agosto de 2026
La creciente importancia de la traducción es evidente en un mundo que cuenta con más de siete mil lenguas vivas y más de un centenar de lenguas oficiales. Constituye un puente esencial entre los pueblos y las culturas: amplía el campo del conocimiento humano, permite el intercambio de creaciones culturales, favorece la comprensión y el diálogo, y hace posibles las interacciones comerciales, turísticas y políticas, así como la circulación de la información a todos los niveles.

La traducción no se limita al simple traslado de palabras de una lengua a otra; está intrínsecamente ligada a la restitución fiel del texto, impregnada del espíritu de la lengua de origen y de los significados vinculados al patrimonio lingüístico y a la memoria humana, rica en los símbolos heredados por cada país. Es un ámbito complejo en el que la técnica se entrelaza con la cultura y la experiencia humana. Hoy participa en la producción del conocimiento y en la preservación de la cultura.
Una traducción literal puede transmitir un sentido totalmente distinto del pretendido. En un ámbito especializado, especialmente en medicina, el error puede poner en peligro vidas humanas. En las relaciones políticas, cabe recordar el artículo del New York Times sobre el papel de los errores de traducción, e incluso de las traducciones literales, en la escalada de las tensiones entre los USA y Japón, que culminó con los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki en 1945.
El artículo, escrito por Jack Alperovitz, se titula «Una traducción correcta podría haber evitado Hiroshima»[1]. En él cuenta cómo se tradujo la palabra empleada por el primer ministro japonés en una conferencia de prensa, en respuesta a la amenaza usamericana: declaró que el asunto «se discutía en silencio», utilizando el término japonés «mokusatsu», rico en significados múltiples. Sin embargo, la palabra fue traducida de una manera que sugería un desprecio manifiesto, lo que los USA interpretaron como un rechazo del ultimátum; entonces dieron la orden de bombardear las ciudades japonesas con armas atómicas.
Con la llegada del tercer milenio, los algoritmos de inteligencia artificial comenzaron a utilizarse en la traducción, en respuesta a la creciente demanda de interpretación simultánea y al imperativo de rapidez en el tratamiento de textos voluminosos. Esto plantea varias preguntas: ¿puede la inteligencia artificial ofrecer una traducción que tenga en cuenta el contexto cultural de los textos y evite los errores mencionados? ¿Puede restituir los textos respetando los estilos retóricos y la tonalidad emocional que los caracterizan? ¿Puede sustituir al traductor humano, ya sea en la interpretación simultánea o en la simple restitución de textos? ¿Y hasta qué punto puede el traductor apoyarse en la inteligencia artificial?
La inteligencia artificial sobresale por su rapidez y por su capacidad para procesar inmensas cantidades de datos. En cambio, sigue siendo discutible su capacidad para comprender el contexto cultural, el tono, las metáforas y lo que se oculta entre las líneas de un texto.
El traductor sirio Thaer Deeb, autor de numerosas traducciones de literatura, política, pensamiento e investigación, y miembro de jurados de varios premios literarios árabes, declara a Raseef22: «No cabe duda de que la inteligencia artificial se ha convertido en una competidora del ser humano en el campo de la traducción, pero solo hasta cierto punto. Si bien realiza muchas tareas de traducción antes confiadas a los humanos, sigue obligada a seguir sus huellas en el vasto ámbito, en perpetua evolución, del uso lingüístico; en el terreno del eterno combate entre la lengua petrificada y la palabra humana; entre la lengua muerta de los diccionarios y el uso de la lengua viva, con todo lo que ello implica: nuevas metáforas, retórica e innovaciones, fruto de que la lengua es una entidad social que se renueva al ritmo de los seres humanos y de su habla».
Deeb prosigue: «No soy experto en interpretación simultánea y desconozco sus sutilezas, así como las razones que llevan a las plataformas y a los medios a recurrir a la inteligencia artificial. Sin embargo, percibo inquietudes respecto del uso comercial de la traducción automática por parte de los árabes. Ese uso es arcaico, como todas nuestras importaciones y préstamos, en comparación con el de los países de los que importamos».
Considera: «No tengo ninguna objeción a utilizar la inteligencia artificial en mi trabajo, aunque todavía no lo he hecho; siempre que intervenga de manera que la traducción siga siendo mi traducción y conserve mi estilo, y no sea una traducción automática».
En cuanto a Jacqueline Salam, poeta, intérprete jurada y autora de traducciones poéticas y literarias del inglés al árabe publicadas en numerosos periódicos y revistas árabes, estima que «el traductor es superior a la inteligencia artificial y seguirá siendo el dueño de las traducciones automatizadas. Con más de veinte años de experiencia en interpretación simultánea, constato que la interpretación simultánea realizada por un traductor humano está enteramente anclada en la realidad sobre el terreno en Canadá, donde vivo y trabajo. Encierra matices, sutilezas y ambigüedades que se prestan a múltiples interpretaciones, matices que la máquina, pese a los avances tecnológicos, no puede captar en nuestra época».
En su entrevista con Raseef22, Salam añade: «A veces trabajo como intérprete en algunos de los hospitales más modernos del mundo. La presencia física del intérprete en el lugar de trabajo es esencial, y es imposible comunicarse con los pacientes mediante la traducción electrónica. Cada diagnóstico o queja debe ser escuchado y traducido con precisión, seguido de preguntas para obtener aclaraciones. Lo mismo ocurre con la traducción en el ámbito judicial y jurídico, donde el tono de voz, las expresiones faciales y las referencias socioculturales requieren una interpretación que una máquina no puede realizar».
Por eso sigue siendo necesaria la presencia de las personas en el tribunal o en el hospital cuando el interrogatorio o la entrevista deben desarrollarse cara a cara. También hemos comenzado a trabajar a distancia, mediante programas de audio y vídeo, en muchos casos que no requieren ni la presencia de un intérprete ni la de la persona en lugares públicos como tribunales u hospitales.
Ella explica: «También puedo señalar que una parte de los primeros intercambios, bastante sencillos, se realiza con ayuda de la traducción automática entre el solicitante (la persona que necesita un intérprete) y el prestador (la persona que decide, juzga y establece el diagnóstico). Estos intercambios sirven para organizar un encuentro o una breve llamada con el fin de concertar una cita con el intérprete».
En la traducción de documentos oficiales, como las transacciones oficiales y comerciales, el lenguaje es directo y claro, y generalmente permite una traducción lograda. Es el enfoque que se privilegia actualmente. A veces me encuentro con páginas de publicidad y materiales de marketing en las redes sociales. Los veo en árabe, aunque sé que el original está en inglés, y contienen errores divertidos, porque la traducción del árabe hacia las lenguas internacionales todavía está en desarrollo.
Cuando una máquina habla todas las lenguas del mundo, ¿puede realmente comprender a los seres humanos?
Salam considera que «la traducción electrónica completa y segura de la poesía, las novelas y la filosofía es imposible. La revisión se vuelve entonces primordial. El traductor pierde un tiempo precioso intentando restituir fielmente el sentido de las metáforas, las figuras alusivas y las connotaciones culturales tal como aparecen en el texto original».
El traductor sirio Moataz Harami lo confirma: «La inteligencia artificial es ciertamente una competidora seria de los seres humanos en el campo de la traducción, pero no los sustituye por completo. La inteligencia artificial sobresale en rapidez y cantidad, mientras que los humanos sobresalen en calidad y creatividad».
La inteligencia artificial presenta varias ventajas. Su rapidez es excepcional: traduce miles de páginas en pocos segundos, a bajo coste, con alternativas gratuitas o muy poco costosas para empresas y particulares. Está disponible permanentemente, las 24 horas del día y los 7 días de la semana. Además, admite numerosas lenguas y traduce instantáneamente entre cientos de ellas.
En cambio, las ventajas humanas residen en la comprensión del contexto y de la cultura (los seres humanos captan con precisión los términos populares, las bromas y las expresiones figuradas), la creatividad literaria (una máquina no puede transmitir las emociones y la estética de una novela o de un poema) y la flexibilidad estilística (un traductor humano puede adaptar el tono al público destinatario).
Harami añade a Raseef22: «Las plataformas y los medios utilizan la inteligencia artificial en la traducción por varias razones estratégicas y económicas, entre ellas: la rapidez inmediata: difundir instantáneamente las últimas noticias y los acontecimientos mundiales en distintas lenguas, sin demora; la reducción de costes: disminuir los considerables presupuestos destinados a emplear ejércitos de traductores humanos; la producción masiva: traducir en pocos segundos enormes cantidades de artículos, informes y vídeos; la cobertura multilingüe: llegar a un público mundial que habla lenguas raras para las que puede resultar difícil encontrar traductores humanos; la automatización de procesos: integrar directamente la traducción automática en los sistemas de publicación para simplificar el ciclo de trabajo cotidiano; el archivo y la investigación: traducir rápidamente documentos y fuentes periodísticas extranjeras para facilitar el trabajo de investigación e indagación de los periodistas».
Él no utiliza personalmente la inteligencia artificial como traductor. Dice dirigirla como un auténtico ingeniero del sentido: «Dejo a la máquina el tratamiento cuantitativo de los textos: el filtrado de términos, el ajuste de las reglas y la generación de primeros borradores a una velocidad fulgurante. La inteligencia artificial sobresale en la traducción de palabras, pero es incapaz de percibir lo que se esconde entre líneas».
Ahí reside mi valor: la máquina traduce el texto tal como está escrito, mientras que yo traduzco el sentido querido por el autor. La tecnología carece de conciencia humana; no capta ni la ironía, ni los matices del contexto cultural, ni las emociones que dan alma al texto.
Constata, por tanto, que «la inteligencia artificial me confiere una rapidez sobrehumana, y yo le confiero una identidad humana. Hoy, el traductor que ignore la inteligencia artificial será superado por el tiempo, y quien se fíe enteramente de ella será sustituido por la máquina. Pero el traductor inteligente es quien utiliza la tecnología para humanizar su traducción. Así, utilizo la inteligencia artificial al máximo en el plano procedimental y al mínimo en el plano creativo, para que no niegue mi papel de traductor e investigador y, sobre todo, para que no niegue mi espíritu humano en todas sus manifestaciones creativas».
En este contexto, la escritora y periodista siria Hanan Ali, traductora acreditada por el Ministerio saudí de Cultura y autora de doce obras traducidas al árabe y al inglés, declaró a Raseef22: «La inteligencia artificial no compite con el traductor humano, sino que cuestiona al “traductor máquina” que duerme en algunos seres humanos. La máquina sobresale ciertamente en el reconocimiento de patrones y en el cálculo de las probabilidades matemáticas de las palabras, pero la traducción es un proceso de conciencia, y no una simple ecuación lingüística. La máquina traduce lo que se dice, mientras que el ser humano traduce lo que no se dice. Así transmite el silencio entre líneas, el suspiro velado, el sarcasmo y el dolor amargo, es decir, aquello que escapa a los algoritmos de cálculo. El verdadero peligro no reside en la superioridad de la máquina, sino en la domesticación de nuestro espíritu para traducir como ella».
Cuando una sola palabra puede cambiar el destino de miles de personas, ¿la rapidez de la traducción se convierte en una virtud o en un peligro?
Según ella, el recurso a la inteligencia artificial como herramienta de traducción por parte de las plataformas y los medios se explica por el hecho de que los medios modernos privilegian la rapidez sobre la profundidad. Vivimos en un mundo obsesionado con la inmediatez, en busca constante de contenidos efímeros para llenar el vacío digital. La inteligencia artificial ofrece a esas plataformas una «comida rápida y gratuita» de palabras listas para el consumo inmediato; una materia prima desprovista de alma, pero que cumple su función informativa en la urgencia. A mi juicio, se trata de una cuestión puramente económica: se intercambia la calidad artística por la seguridad financiera y la rapidez.
En cuanto a la interpretación simultánea, afirma: «La inteligencia artificial quizá haya logrado imitar la rapidez, pero ha fracasado a la hora de captar la situación. En la interpretación simultánea, el intérprete humano desempeña el papel de un terapeuta psicológico y cultural; escucha la voz, analiza el lenguaje corporal, comprende los lapsus y reformula la idea para adaptarla al ambiente y a la cultura del oyente. En cuanto a la inteligencia artificial, pese a su vocabulario astronómico, sigue siendo daltónica, ciega a los matices; puede ciertamente transmitir la palabra con una precisión extrema, pero cae en la trampa del literalismo y de un idealismo superficial que privan al diálogo simultáneo de su espontaneidad y de su vitalidad humana».
Preguntada por su uso de la inteligencia artificial, respondió: «Sí, utilizo la inteligencia artificial, como un escultor utiliza un cincel eléctrico; me sirvo de ella como de una asistente silenciosa para levantar pesadas pilas de textos, buscar sinónimos y verificar términos normalizados con eficacia digital. A veces recurro a traducciones en lenguas distintas del inglés y del francés, lenguas que no domino y que se han deslizado en algunas obras. Pero nunca le permito alterar la esencia de la formulación ni mis visiones personales. Su papel se limita a la “materia prima”. En cuanto a traducir el texto, refinarlo, insuflarle vida y audacia, darle ese toque humano y ese espíritu vivo, eso pertenece exclusivamente a mi título de propiedad, a mi pluma, que no comparto con la máquina».
[1] Gar Alperovitz, « Good Translation Might Have Prevented Hiroshima », The New York Times, 21 de agosto de 1989.

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