Doha Chams, Al Araby Al Jadid, 22 de agosto de 2026
«Tablīm» (التبليم) es una palabra coloquial libanesa. Designa una forma de estupor temporal ante un acontecimiento fuera de lo común: un estupor provocado por la incapacidad de asimilar lo ocurrido y, por extensión, de actuar y reaccionar de manera adecuada ante el grado de extrañeza e imprevisibilidad del acontecimiento. Cuando una noticia te deja atónito y permaneces en ese estado durante mucho tiempo, la prolongación del «tablīm» más allá de lo razonable se convierte en un daño continuado cuyos efectos negativos sobre la persona no cesan hasta que se produce un despertar, aunque sea tardío, que permita responder como corresponde.

Eso en lo que respecta a los individuos. Pero cuando el «tablīm» es colectivo, como sucede en nuestra región desde hace décadas y décadas —ya sea en Líbano, en la Palestina ocupada, en Siria o incluso, en general, en el mundo árabe—, y aunque ese estupor sea en realidad comprensible dada la magnitud de las desgracias que se suceden sobre nuestras cabezas y el cerco impuesto por las autoridades gobernantes a todo tipo de reacción popular, nuestra incapacidad para salir de ese estado se ha convertido, naturalmente, en una oportunidad de oro para el enemigo israelí. Paradójicamente, este no permaneció «atónito» ante un acontecimiento como el «Diluvio» del 7 de octubre durante más de veinticuatro horas. Después atacó «primero Gaza» y luego a los países de la región, agotados por el bloqueo y por el empobrecimiento deliberado o no deliberado, además, naturalmente, de la corrupción y de otras desgracias diversas que, reunidas, se han cebado con ellos. Allí practicó exterminio, apropiación territorial, desarraigo, incendios y saqueo con una obscenidad pocas veces vista en nuestro mundo contemporáneo.
El enemigo se benefició asimismo de que el mundo —o, más exactamente, su opinión pública— también permaneciera durante un período considerable en estado de «tablīm» al principio, bajo el lema del «derecho de Israel a defenderse» o al compás de la pregunta «¿Condena usted a Hamás?». Y aunque esa opinión pública mundial acabó despertando, tardíamente, ante un exterminio que no se detiene ni de día ni de noche y que se retransmite en directo por las pantallas del planeta, ese despertar no pudo impedir la continuación del exterminio, ni que sus criminales se prodigaran inventando formas de salvajismo antes inimaginables, ni su desprecio por las leyes internacionales y nacionales, traduciendo sobre el terreno su arrogancia racista.
¿Y las organizaciones internacionales? Su «tablīm» es de otro tipo. Se ha traducido en comunicados que pasan de «expresar preocupación» a la «profunda preocupación», para luego recurrir a referencias «educadas» a lo que «podrían ser crímenes de guerra», a «sospechas de masacres» contra civiles o equipos médicos y a toda una serie de expresiones que pretenden transmitir neutralidad y precisión objetiva en la terminología, una «precisión» de la que no se disponía en otras circunstancias cuando se trataba de países débiles.
Nuestra incapacidad para salir del estado de estupor se convirtió en una oportunidad de oro para el enemigo israelí.
A los organismos jurídicos internacionales les hicieron falta años de crímenes que claramente podían inscribirse en la intención genocida y la limpieza étnica para que incluyeran la palabra en un comunicado que denunciaba actos «presuntamente cometidos en un contexto que podría describirse como genocidio», condenando al mismo tiempo «niveles inaceptables de víctimas civiles», como si existieran niveles aceptables para matarlas.
Así han pasado sobre nosotros, hasta hoy, tres años de acontecimientos agresivos asombrosos, precedidos por una guerra blanda de restricciones y sanciones, favorecida por la descomposición del tejido nacional y el colapso económico y financiero. Un colapso coronado por el robo de nuestros depósitos por parte de los bancos libaneses, que seguimos sin recuperar, el desplome del tipo de cambio de la libra, la explosión del puerto de Beirut —cuyo principal responsable sigue siendo desconocido hasta hoy—, la guerra israelí contra Líbano y, después, el crimen de la explosión de los dispositivos de comunicación —los buscas—, seguido de una oleada de asesinatos de dirigentes de la resistencia, la destrucción de los suburbios del sur y del sur del país, el arrasamiento de más de setenta localidades y aldeas y el asesinato de periodistas.
Todo ello en paralelo con un deterioro aterrador en la Palestina ocupada, cuya máxima expresión ha sido el crimen continuado de genocidio en Gaza, además de la absorción de Cisjordania y el Golán y el mordisqueo del sur del Líbano. Sin olvidar la caída del antiguo régimen en Siria y cómo Turquía, Israel y otras partes aprovecharon la oportunidad para apoderarse de extensas zonas del país, tanto en el norte como en el sur y en otras regiones.
Naturalmente, como ciudadanos civiles desarmados, lo intentamos, y mucho. Pero la repetición de los fracasos, fueran cuales fueran las puertas a las que llamáramos, nos sumió en un estado de desesperación e impotencia que constituye el terreno ideal para el «tablīm» actual.
Algunas instancias jurídicas hablan de «niveles inaceptables de víctimas civiles», como si existieran niveles aceptables para matarlas.
Cuando nos alegramos de la condena de los criminales Netanyahu y Yoav Gallant por parte de la Corte Penal Internacional —¿y los demás?—, se sucedieron, con total descaro, las sanciones de los USA contra los jueces de la Corte y sus intentos de destruir la reputación de esta alta institución judicial internacional mediante acusaciones prefabricadas, como el antisemitismo o el «acoso sexual» que atribuyeron al fiscal y presidente de la Corte, Karim Khan. Una acusación que, independientemente de su veracidad, no sabemos qué tiene que ver con la condena de Netanyahu y Gallant.
En términos generales, no es ningún secreto que este tipo de acusación forma parte del arsenal permanente de los servicios de inteligencia; el ejemplo más evidente es lo que ocurrió con Julian Assange. Y, en la última presión ejercida sobre la Corte, la administración Trump impuso sanciones a su presidenta japonesa, Tomoko Akane, además de a otros jueces.
Ante todo esto, uno se pregunta: ¿no ha llegado ya el momento de que termine todo este «tablīm»? ¿Y cuál es la manera de salir de este estado de aturdimiento popular, sobre todo cuando Israel y sus aliados han comenzado a actuar activamente, con una enorme capacidad financiera, para blanquear su imagen y garantizar que sus criminales escapen al castigo, a semejanza del destino de los principales nazis alemanes?
¿Qué hacer?
Por nuestra parte, el estupor continúa. Por parte del enemigo, en cambio, Israel ha comenzado a recurrir a métodos clásicos a los que está acostumbrado en circunstancias como estas: por ejemplo, reconocer que su ejército mató efectivamente a la pequeña Hind Rajab y anunciar que llevará a cabo una investigación interna. Para quien no lo sepa, una de las funciones de esa investigación interna consiste en detener cualquier investigación internacional mientras el Estado concernido afirme estar llevando a cabo sus propias investigaciones, de acuerdo con el derecho internacional.
¿Y la investigación misma? Naturalmente, nadie espera de ella ni verdad ni castigo. Lo que hicieron los soldados fue una política de Estado o, mejor dicho, de una banda que intenta disfrazarse de Estado.
Quizá el único consuelo en todo este escenario «apocalíptico» sea que empezamos a presenciar un despertar de la conciencia de algunos ciudadanos del mundo ante este estupor general. Ellos, a su vez, están despertando a organizaciones populares y partidarias activas que han comenzado a intentar frenar el desenfreno de esta entidad mediante el boicot y la presión sobre las autoridades de sus países para romper los vínculos de sus instituciones con las de aquella.
¿Y el mayor consuelo? Que la mera palabra Israel ha comenzado a provocar un asco solo comparable con la repugnancia que sienten los seres humanos hacia sus habitantes ladrones, criminales y racistas, a quienes el mundo ha empezado a repudiar. El mundo no olvidará ni les perdonará lo que hicieron, porque saben perfectamente lo que hacen.

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