Mansoor Adayfi, Middle East Eye, 10 de septiembre de 2026
Mansoor Adayfi era estudiante cuando la «guerra contra el terrorismo» lo convirtió en un número. Veinticinco años después, sostiene que el engranaje que hizo posible su encarcelamiento ha encontrado nuevos blancos
Crecí de niño en Yemen sin imaginar jamás que un día compartiría mi historia con una audiencia mundial. Pero poco sabía yo que quedaría atrapado en la mira violenta de la «guerra contra el terrorismo» lanzada inmediatamente después de los atentados del 11 de septiembre. Antes del 11 de septiembre de 2001, mi vida no tenía nada de extraordinario. Crecí en una familia humilde, y solo al llegar a la adolescencia empecé a pensar en dejar mi país.
A los 18 años, di el paso drástico de dejar mi pueblo para terminar la escuela, con el sueño de estudiar informática en el extranjero. Durante casi un año le pedí al director del instituto donde estudiaba y trabajaba una carta de recomendación. Él siempre me decía: «Más tarde».
Tras el atentado contra el USS Cole en Yemen, le pidieron al director del instituto que escribiera un libro sobre al-Qaeda y los talibanes. Envió a un antiguo alumno que había combatido a los soviéticos en Afganistán para hacer la investigación, y me pidió que lo acompañara. «Vuelve de este viaje —me prometió— y te daré tu carta.» Volamos a Dubái, luego a Pakistán, y viajamos por tierra hasta Afganistán, llegando finalmente a Kabul, donde una ONG nos ayudaba con nuestra investigación. Seguía allí cuando cayeron las torres en Nueva York. Poco después, mientras ayudábamos a la ONG a trasladar suministros antes de huir del país, unos hombres armados detuvieron nuestro coche y nos secuestraron.
Acabamos en manos de un señor de la guerra que exigía 100.000 dólares por nuestra liberación. Yo no sabía entonces que aviones estadounidenses lanzaban panfletos por todo Afganistán ofreciendo recompensas por sospechosos de al-Qaeda y los talibanes. Dos semanas después, los hombres del señor de la guerra vinieron a por mí. Encapuchado y esposado, recuerdo poco de lo que siguió, salvo violencia, un camión, un helicóptero, un avión y, finalmente, una habitación subterránea. Me colgaron del techo con una capucha en la cabeza. Cuando me la quitaron, cinco fusiles me apuntaban, con puntos rojos fijos en mi pecho. «Hola, señor Adel», dijo un traductor, confundiéndome con un general egipcio. «¿Sabe quiénes somos y por qué estamos aquí?» Por supuesto, no tenía ni idea.
Semanas antes había estado investigando en Afganistán y esperaba empezar la universidad a finales de año. Ahora se me acusaba de ser un líder de al-Qaeda, secuestrado por señores de la guerra afganos y entregado a la CIA.
El comienzo de mi calvario
Mientras estuve detenido ilegalmente en una base aérea en Kandahar, veía despegar y aterrizar aviones de la Fuerza Aérea usamericana en aquel emplazamiento improvisado. Cuando aterrizaba un avión de carga de la Fuerza Aérea, sabíamos que un grupo de prisioneros iba a desaparecer. A finales de diciembre de 2001 éramos allí un centenar, retenidos en tiendas de madera rodeadas de muros de alambre de espino de tres metros de altura. Desde las tiendas veía los aviones de la Fuerza Aérea despegar y aterrizar en aquel emplazamiento improvisado.
Seguir leyendo
Mansoor Adayfi es un escritor, artista y defensor de los derechos humanos yemení, nacido en un pueblo de montaña de Yemen. Pastor y luego vigilante en su juventud, se trasladó a Saná para estudiar informática antes de viajar a Afganistán en una misión de investigación, a los 18-19 años. Secuestrado por combatientes afganos del general Dostom poco después del 11-S, fue vendido a las fuerzas usamericanas, y luego trasladado a Guantánamo, donde permaneció detenido sin cargos ni juicio de 2002 a 2016 — más de catorce años, bajo la matrícula «prisionero 441». Allí protagonizó varias huelgas de hambre y aprendió inglés de forma autodidacta.
Liberado en 2016 hacia Serbia en el marco de un acuerdo bilateral con USA, quedó de facto apátrida, ya que Saná le negó durante un tiempo el pasaporte (restituido en 2023). Obtuvo una licenciatura en gestión (2021), cuya tesis sobre la reinserción de exdetenidos de Guantánamo dio origen al Guantanamo Survivors Fund, que cofundó. En 2021 publicó sus memorias, Don’t Forget Us Here: Lost and Found at Guantánamo (Hachette), galardonadas con el Evelyn Shakir Non-Fiction Award (2022), seguidas en 2024 del audiolibro Letters from Guantanamo.
Actualmente trabaja como coordinador del programa Guantánamo para la ONG CAGE International y como Visiting Fellow del Human Rights Center de la Facultad de Derecho de la Universidad de Minnesota (dirigido por Fionnuala Ní Aoláin, exrelatora especial de la ONU sobre derechos humanos y lucha antiterrorista). Vive actualmente en Belgrado.
Léase del mismo autor
Clases para amar, desde la prisión de Guantánamo
por Mansoor Adayfi
27 de julio de 2018
Para cuando cumplí 35 años, la relación más importante que había tenido como adulto fue con una iguana.
No era fácil conocer a nadie donde pasé mis veinte y casi la mitad de mis treinta: la prisión en la base naval de la bahía de Guantánamo, Cuba. Después de llegar, me pusieron en una celda de aislamiento, donde había enormes ventiladores afuera de cada celda que funcionaban día y noche con un ruido ensordecedor, para evitar que los prisioneros se comunicaran.
Incluso cuando salíamos a los supuestos descansos recreativos no nos permitían hablar con otros detenidos. Pero afuera sí conocíamos a nuevos amigos: los gatos, las ratas plataneras, las pequeñas aves y las iguanas que pasaban por las cercas y nos pedían que compartiéramos nuestra comida.
Tuve una buena relación con una hermosa joven (iguana). Era muy elegante. Solía venir todos los días a la misma hora y almorzábamos juntos. Cuando hice una huelga de hambre, no tenía comida que darle, y me avergonzaba estar ahí sin alimentos mientras venía a verme. A veces los guardias nos castigaban por compartir la comida con los animales, pero no podían evitar que le hablara.
Ella no podía responderme, pero era buena para escuchar. Y, conforme pasaron los años, nuestra amistad se consolidó.
Finalmente, después de siete años de aislamiento, me trasladaron a un pabellón comunitario, donde podía hablar con mis compañeros. Había nacido en una pequeña aldea en las montañas de Yemen y tenía tan solo 19 años cuando llegué a Guantánamo. No sabía mucho del mundo; para mí, el mundo era solo mi aldea. Ahora mi mundo era Guantánamo.
Hasta los 12, creí que había nacido de la rodilla de mi madre. En la escuela aprendí de dónde venían los bebés, pero la gente en mi cultura no salía en citas, así que mis conocimientos siguieron siendo teóricos. Lo mismo pasaba con la mayoría de nosotros. Pocos se habían casado o tenían conocimiento acerca de las relaciones amorosas entre hombres y mujeres.
Aun así, hablar de mujeres era mi tema favorito. No de una mala manera, pues a los musulmanes nos prohíben hablar así de las mujeres. Hablábamos de ellas porque nos relajaba. Cuando alguien contaba una anécdota sobre mujeres, todos lo escuchábamos. Nos imaginábamos cómo era amar a una mujer mientras estábamos rodeados de hombres.
No éramos los únicos que extrañaban a las mujeres, también los guardias lo hacían. Había pocas mujeres en ese trabajo.
Seguir leyendo
Todas nuestras publicaciones son gratuitas y están bajo licencia Copyleft.Pueden reproducirse, total o parcialmente, bajo las siguientes condiciones :
→ respeto del título y del contenido
(texto, imágenes, notas del editor o del traductor, recuadros)
→ indicación del autor o autores y/o traductores
→ enlace clicable a la fuente.
Queda excluida cualquier monetización o uso comercial de estas publicaciones y será objeto de acciones legales.


