Donald Macintyre, Prospect Magazine, 6 de septiembre de 2026
La intimidación ejercida por los colonos israelíes sobre aldeas como Um al Jair deja claro por qué los palestinos creen que la intervención internacional no puede llegar demasiado pronto.


El gran montón de escombros parecía poder ser el resultado de una pequeña bomba. En realidad, lo había dejado un bulldozer del ejército israelí que, con cierta precisión, había arrasado el dormitorio de las dos hijas pequeñas de Ammar y Jawaher Hathaleen la mañana anterior a mi llegada, cuando fui a pasar unos días en Um al Jair.
El bulldozer, que también destruyó el techo de la cocina de la familia, ahora destripada, no debería haber sido una sorpresa. Casi todas las casas de esta aldea de Cisjordania, habitada por unos 300 palestinos beduinos en las rocosas colinas del sur de Hebrón —junto con el improvisado centro comunitario, el parque infantil y el césped sintético de un pequeño campo de fútbol— están sujetas a órdenes militares de demolición. Al menos 14 se han ejecutado en el último año y medio.
Sin embargo, la familia estaba muy lejos de estar preparada. Las hijas de Jawaher dormían cuando llegó el ejército. Mientras apila cuidadosamente la ropa de cama que había logrado rescatar de los restos y barre obstinadamente los escombros dentro de la casa, Jawaher explica con paciencia lo que para su familia resulta evidente: la destrucción parcial de su hogar está inseparablemente ligada al apoyo de los militares a la incesante invasión de las tierras y propiedades de la comunidad por parte de los colonos. Este acoso ya ha eliminado el sustento económico de Um al Jair, absorbiendo los pastizales en los que los aldeanos habían criado ovejas y cabras durante generaciones.
«Llegan los colonos y luego viene el ejército detrás de ellos, simplemente para hacer cumplir. Pero, en realidad, son los colonos quienes dan las órdenes y el ejército solo las obedece», dice Fatima, la suegra de Jawaher. Jawaher señala una docena de caravanas, más parecidas a “caravillas” prefabricadas, instaladas sobre cimientos de hormigón y ocupadas progresivamente desde finales del pasado agosto como puesto avanzado ilegal de un asentamiento en tierras de la aldea. «Como ven, simplemente están intentando expandirse —añade Jawaher—. Quieren hacer que la vida aquí sea demasiado difícil. Y al final solo quieren que nos vayamos, para poder convertir [toda] esta zona en un asentamiento.»
Es difícil discutirlo. Um al Jair está en primera línea de la anexión de facto, cada vez más exitosa, de Cisjordania por Israel. Mirando los restos fuera de la casa de Ammar y Jawaher, por no hablar de las decenas de banderas israelíes que ondean a lo largo de la carretera hacia la aldea y alrededor de su perímetro, uno tiene que pellizcarse para recordar que esta es la Palestina reconocida por 157 gobiernos, incluido el británico, que afirman que debería convertirse en un Estado independiente.
El gobierno de Netanyahu sigue cambiando el rostro de Cisjordania
En junio, una demoledora carta filtrada, firmada por numerosas antiguas figuras destacadas del establishment y de la seguridad israelíes, entre ellas los ex primeros ministros Ehud Barak y Ehud Olmert, acusó al gobierno de Benjamín Netanyahu de perseguir «una ideología de limpieza étnica» y de permitir que los colonos cometan actos de «terrorismo judío» contra los palestinos de Cisjordania, a menudo con el consentimiento o incluso la cooperación del ejército israelí.
Dentro de Israel, su advertencia parece haber caído en oídos sordos. El gobierno de Netanyahu continúa cambiando el rostro de Cisjordania. No solo ha sido incapaz o no ha querido condenar los ataques casi diarios en los que participan colonos (23 palestinos ya han muerto este año durante ataques de colonos, según la ONU), sino que también ha promovido y financiado un crecimiento sin precedentes de los asentamientos en toda Cisjordania: 34 tan solo en los últimos seis meses. Desde el inicio de la guerra de Gaza, los palestinos han sido desplazados a una escala desconocida en 59 años de ocupación. Y ahora los colonos están creando nuevos hechos consumados sobre el terreno ampliando su territorio antes de las elecciones israelíes previstas para el 27 de octubre.
Desde enero de 2023, cuando tomó posesión el actual gobierno israelí, 47 aldeas palestinas han quedado totalmente despobladas, según cifras de la ONU. Solo este año 3.800 palestinos fueron desplazados debido a la violencia de los colonos, las demoliciones y los desalojos. En un momento en que algunos gobiernos extranjeros, incluido el británico, han prometido nuevas sanciones por la política israelí de asentamientos, los detalles del desgaste infligido a la vida cotidiana en lugares como Um al Jair dejan claro por qué sus habitantes creen que esa intervención internacional no puede llegar demasiado pronto.
El clan Hathaleen (al que pertenecen casi todos los habitantes de Um al Jair) se convirtió en refugiado durante la guerra de 1948, en la que se fundó el Estado de Israel y unos 700.000 palestinos fueron desposeídos. Se trasladaron desde la ciudad desértica de Arad, en lo que hoy es Israel, y en 1952 compraron a sus propietarios las tierras en las que después fundarían la aldea; estos tenían pruebas de haber pagado impuestos por ellas desde la época otomana. Apacentaron su ganado prácticamente sin molestias, incluso cuando Israel arrebató a Jordania el control de Cisjordania en la guerra de los Seis Días de 1967. Después, en 1981, el gobierno israelí estableció un puesto militar cerca de Um al Jair, que creció hasta convertirse en el gran asentamiento de Carmel, ilegal según el derecho internacional.
Carmel, de sionismo religioso como muchos otros asentamientos de Cisjordania, domina Um al Jair y la rodea por tres lados. Sus casas suburbanas de tejados rojos, jardines y canchas de baloncesto transmiten un aura de permanencia que las precarias viviendas palestinas de hormigón, bloques y chapa ondulada no pueden igualar. La inusual proximidad física de ambas comunidades las convierte en un microcosmos visible de la expansión de los asentamientos en Cisjordania. El nuevo puesto avanzado de caravanas adosado a Um al Jair ha completado ahora el cerco de la sección más poblada de la aldea palestina, sembrando dudas sobre su futuro tal como describe Yawaher Hathaleen.
Los colonos han abierto un camino a través de tierras anteriormente reconocidas por las autoridades israelíes como palestinas y de propiedad privada, creando un atajo entre Carmel y las caravanas. Un viernes por la noche observé junto a residentes palestinos cómo pequeños grupos familiares de colonos, varios de los hombres armados con fusiles M16, caminaban lentamente, a pocos metros de nosotros, por ese camino para celebrar un oficio de Shabat, seguido de la cena tradicional y cantos, en la caravana más cercana a una casa palestina.
Como podían haber rezado fácilmente en la sinagoga de Carmel, era difícil ver aquello como algo distinto de una afirmación de «soberanía». Pero la ruta de los fieles tenía otro significado. El pasado julio, mientras los residentes trataban de impedir que un bulldozer comenzara a despejar el terreno para este camino, un colono ultramilitante, Yinon Levi, mató de un disparo a Awdah Hathaleen, maestro de 31 años de Um al Jair, además de dirigente comunitario, firme activista no violento y padre de tres hijos. En agosto de este año, en un hecho extremadamente raro, la fiscalía israelí anunció que el tirador había sido acusado de homicidio imprudente, delito castigado con una pena máxima de 12 años.
El día de la muerte de Awdah, una excavadora operada por la empresa de construcción de la familia Levi, Eyal Hari Yehuda (también sancionada por el gobierno británico), que estaba nivelando el terreno para el nuevo puesto de caravanas, empezó a atravesar tierras palestinas de propiedad privada plantadas de olivos —por orden de Yinon Levi, según la acusación— para abrir el nuevo camino.
Mientras Awdah —que había trabajado en No Other Land, el documental ganador del Óscar ambientado en Masafer Yatta, la zona del sur de Cisjordania donde se encuentra Um al Jair y donde viven en total unos 4.000 palestinos— observaba desde el centro comunitario, su primo Ahmed se situó frente al bulldozer pidiendo al conductor que se detuviera. En lugar de ello, el conductor derribó a Ahmed y lo apartó, perforándole el brazo con el martillo mecanizado de la excavadora. En ese momento al menos una piedra, y probablemente más, fueron lanzadas por uno o dos palestinos, aunque no por Awdah, que filmaba la escena mientras llevaba en brazos a su pequeño hijo Mohammed, y no contra Levi.
Levi apuntó con su pistola hacia Awdah y lo mató con la primera de dos balas disparadas desde unos 35 metros, una acción filmada por el propio Awdah. De hecho, la claridad de las pruebas ampliamente difundidas puede haber sido lo que convenció a los fiscales para actuar. Levi es el primer colono acusado de matar a un palestino desde 2019.
Jalil, hermano de Awdah, de 39 años y también dirigente comunitario, acogió favorablemente la acusación pero dice que la familia habría preferido un cargo de asesinato. «Esperamos lograr justicia para Awdah. Esa es nuestra única demanda.» Desde luego, la acusación por sí sola no borrará los recuerdos. Hanady, viuda de Awdah, de 25 años y ahora sola con tres niños menores de seis, observaba los hechos desde su casa aquella tarde. «Incluso hoy no puedo creer que se haya ido —me dice—. No podía creer que alguien tan lleno de vida, paz y amor pudiera simplemente desaparecer.»

Cuando llegaron el ejército y la policía, las imágenes de vídeo muestran a Levi señalando a varios palestinos que quería que fueran detenidos. Cinco habitantes fueron arrestados aquel día y otros 13 en los días siguientes. Fueron liberados gradualmente durante los diez días siguientes, todos bajo fianza. Levi, en cambio, fue arrestado, retenido durante la noche, compareció ante un tribunal, pasó a arresto domiciliario y fue liberado a los tres días. Poco más de una semana después estaba de nuevo en Um al Jair supervisando movimientos de tierra para las caravanas.
Un año después de la muerte de Awdah, Hanady dice que «no tiene otra opción» que continuar el legado de activismo no violento de su marido. Siente el deber de hablar sobre las condiciones que, según los residentes, les imponen los colonos y sus protectores militares. «No nos sentimos seguros. Nuestros hijos no se sienten seguros. No quieren vida para los palestinos aquí. Después de que mi marido fuera asesinado aquí, nunca me iré… Aquí hay sangre.»
Incluso antes de disparar a Awdah, la notoriedad de Yinon Levi se extendía más allá del sur de Cisjordania. Levi había sido sancionado como extremista violento por el gobierno británico, la Unión Europea y USA (hasta que Donald Trump revocó una orden de sanciones impuesta por la administración Biden). En las semanas posteriores a la masacre de 1.200 israelíes perpetrada por Hamás el 7 de octubre de 2023, Levi desempeñó un papel destacado en la expulsión de los habitantes de Zanuta, otra aldea de Masafer Yatta. Lo hizo desde su base en Meitarim, uno de una cadena en rápida expansión de puestos avanzados remotos de Cisjordania que se han apoderado de tierras palestinas y plantean a comunidades como Um al Jair una amenaza económica al menos tan grave como la física.
En algunas partes de Cisjordania, ese proceso —descrito abiertamente como «megaestratégico» por Bezalel Smotrich, ministro israelí de Finanzas y colono extremista ahora encargado de los asuntos civiles en Cisjordania— continúa. A menudo los colonos utilizan sus propias ovejas para sustituir los rebaños palestinos y emplean vacas e incluso camellos para destruir cultivos y olivos. Pero en Um al Jair parece ya completo, en parte gracias a que buena parte del territorio de la aldea ha sido designada «tierra estatal». Ese es el primer paso, primordial y ejecutable militarmente, para ponerla a disposición de los asentamientos.
En medio de este acoso, ningún habitante de Um al Jair lleva ya sus rebaños a pastar en los campos circundantes. La población, enormemente reducida, de ovejas y cabras de la aldea está confinada en corrales, donde depende de costoso pienso comprado. Mahmoud, un residente, explicó que mientras en los años setenta su padre tenía unas 500 cabras y ovejas que pastaban libremente entre febrero y octubre, él ahora tiene unas 20; los 8.000 dólares o más que debe gastar en alimentarlas de octubre a abril superan lo que puede ganar vendiendo corderos y leche. «La situación aquí empeora cada día y cada día tenemos miedo. Se acerca el momento de irnos, porque los colonos y las FDI ejercen más presión para echarnos.»
Mahmoud no hablaba solo de la pérdida de tierras, sino de la amenaza que pesa sobre las casas de los aldeanos, algo ilustrado de manera poderosa por la surrealista historia que afecta al hogar de 17 miembros de su vecino Salem, abuelo de 52 años.
Los límites de la propiedad de Salem están a solo 20 metros de una de las caravanas. Hacia las 19.30 de una tarde de julio, una de sus dos esposas, Ijlas, estaba en la letrina exterior cuando un colono golpeó la puerta y le exigió que saliera. Posteriormente el ejército israelí declaró la letrina parte de una «zona militar cerrada». Ahora se han colocado un columpio de madera para niños y una bandera israelí entre la casa y el único retrete de la familia, señalando que este último queda fuera de límites.
Sentada cosiendo fuera de la casa, Ijlas habla con delicadeza de la humillación de la letrina y del hecho de que la familia tenga que ir ahora a casa de los vecinos, incluso en mitad de la noche, para utilizar el baño. Los cambios han sido peores para sus hijos, de entre tres y 25 años, dice. «Es una casa sencilla, pero antes era la mejor vida del mundo. Luego llegó el ejército, llegaron los colonos, llegaron las caravanas y cambiamos la mejor vida por la peor.»
Desde entonces, la propiedad de Salem se ha convertido en un campo de batalla clave en los esfuerzos de los colonos por extender su control territorial
Cuando nos reunimos, el rebaño de Salem, que antes contaba con 150 animales, había quedado reducido a 10, incluidas tres cabras que proporcionan leche a los niños cuando se le permite llegar hasta ellas en los corrales (estos también están sujetos a cierres militares periódicos). La pobreza de la familia se ha agravado porque, tras haber trabajado durante años también en Israel, él y muchos otros hombres de Um al Jair ya no pueden hacerlo. Después del 7 de octubre, Netanyahu canceló los permisos de entrada de unos 115.000 palestinos que cruzaban diariamente desde Cisjordania para trabajar. A finales de 2025 la ONU informaba de que 14 palestinos que intentaban cruzar ilegalmente habían sido abatidos por las fuerzas de seguridad. «Estoy muy triste —me dice Salem a finales de julio—. El futuro es oscuro.»
Como para demostrar su afirmación, desde entonces la propiedad de Salem se ha convertido en un campo de batalla clave en la escalada de los esfuerzos de los colonos por extender el control territorial. Un incidente que observé en tiempo real el sábado pasado fue incruento en comparación con muchos de los actos diarios de violencia de los colonos en otras partes de Cisjordania. Aun así, ilustró claramente lo que una mujer de Carmel dijo a France 24 el pasado octubre sobre la actitud de sus residentes hacia Um al Jair: «Las caravanas [del puesto avanzado] están destinadas a recordarles que estamos aquí, observando todo lo que ocurre en la aldea. Los alejará del asentamiento y, poco a poco, recuperaremos la tierra.»
La incursión del sábado comenzó de manera bastante trivial: un grupo de niños y adolescentes colonos entró por la fuerza en el campo de fútbol de la aldea, donde jugaban sus coetáneos palestinos. Cogieron el balón y corrieron con él durante unos 20 minutos, observados impasiblemente por adultos del asentamiento. Finalmente, un corpulento colono adulto, en pantalón corto y armado con un fusil de asalto, hizo retirarse al cabecilla adolescente, solo para seguir luego a la creciente banda de colonos israelíes —jóvenes y adultos— hacia la casa de Salem, en lo que parecía claramente una salida planificada de antemano. El grupo de adolescentes entró en la tierra de Salem y empezó a arrancar la valla que separa su casa de la carretera principal que atraviesa la aldea, mientras los palestinos trataban de protegerla.
Por supuesto, los colonos tienen su propia versión de la historia. Según Regavim, el grupo de defensa cofundado por Smotrich, los habitantes de Um al Jair están «ocupando ilegalmente» tierras de Carmel. «No es una aldea. Es un puesto avanzado ilegal», me dice Naomi Kahn, de Regavim. Añade que Cisjordania no puede considerarse ocupada porque no ha sido «territorio soberano» de ningún otro Estado —incluida Jordania, que la ocupó tras la guerra de 1948— desde el Imperio otomano.
Sin embargo, este argumento presenta varios problemas, entre ellos la opinión de julio de 2024 de la Corte Internacional de Justicia (CIJ), según la cual los asentamientos son ilegales y los Estados miembros tienen el deber de no prestar asistencia a la ocupación. En ese momento Netanyahu respondió afirmando que «el pueblo judío no es ocupante en su propia tierra: ni en nuestra capital eterna, Jerusalén, ni en nuestra herencia ancestral de Judea y Samaria [Cisjordania]». Su declaración iba en contra de la postura mantenida durante mucho tiempo por la mayoría de los gobiernos democráticos —incluido el británico— de que los territorios ocupados no son tierra propia de Israel. Pero también omitía las contradicciones en la manera en que Israel aplica su derecho interno cuando se trata de expandir los asentamientos.
La razón declarada por la que aldeas como Um al Jair han recibido órdenes militares de demolición es que fueron construidas sin permisos del Estado israelí. Sin embargo, el 98 por ciento de las solicitudes palestinas de permisos en el Área C —la zona definida por los Acuerdos de Oslo que cubre el 60 por ciento de Cisjordania (incluida Um al Jair), donde Israel ejerce pleno control civil y de seguridad y donde históricamente se han situado los asentamientos— son rechazadas.
Por expeditivo que sea para los israelíes, el sistema de permisos no puede igualar el ritmo de expansión de los asentamientos. Las caravanas de colonos de Um al Jair se construyeron sin permisos; de hecho, el Tribunal de Distrito de Jerusalén dictaminó el pasado octubre que la construcción debía detenerse y que las caravanas existentes debían permanecer vacías. Jurídicamente impecable, el fallo resultó tan frágil como excepcional en el actual clima político israelí. La misma noche en que fue dictado, los colonos aceleraron la construcción y trasladaron familias a las caravanas existentes. Ante una posterior demanda de ejecución, el mismo tribunal revocó la orden original.
La diferencia entre el nivel de vida de los colonos y el de las aldeas palestinas es brutal. Mientras Carmel tiene electricidad las 24 horas del día, con líneas eléctricas que cruzan Um al Jair para abastecer los rentables gallineros industriales del asentamiento, la aldea depende de paneles solares —buenos en verano, no tanto en invierno—. Del mismo modo, los habitantes y el ganado de Um al Jair dependen por completo de siete horas semanales de acceso a la red de agua para llenar los depósitos comunitarios, me dice Jalil Hathaleen. Las clínicas más cercanas están en Hebrón o en la profundamente empobrecida ciudad de Yatta. Aunque se encuentran respectivamente a solo 16 y 9,5 km en línea recta, llegar a ambas exige viajes mucho más largos y sinuosos por los puestos de control y los cierres de carreteras, y depende de que esté abierta la puerta de la aldea controlada por los militares. En abril, los niños que recorrían un sendero muy utilizado para ir a la escuela descubrieron que había sido bloqueado con alambre de cuchillas, que el ejército no ha hecho nada por retirar. Ahora tienen que apretarse en unos pocos coches, cuando los hay, para tomar una carretera más larga hasta la escuela.
Un factor clave para la supervivencia —hasta ahora— de Um al Jair y de otras aldeas amenazadas de Masafer Yatta ha sido la presencia de activistas israelíes e internacionales, la mayoría de las veces judíos usamericanos, que practican lo que se conoce como «presencia protectora». Los activistas suelen quedarse durante largos periodos para documentar y obstaculizar las incursiones de colonos, y a veces resultan heridos al hacerlo.
«Ya no tenemos tierras. Ahora intentamos proteger nuestras casas»
En el incidente que presencié el sábado pasado, Finn Joughin, un estudiante británico de 22 años de la London School of Economics, se había unido a Jalil Hathaleen y a otros mientras intentaban impedir —con una contención ya ensayada— que los jóvenes colonos destruyeran la valla junto a la casa de Salem. Joughin fue agarrado por el mismo colono adulto armado que parecía haber ejercido autoridad sobre los adolescentes en el campo de fútbol y fue «secuestrado», en palabras de la abogada israelí de derechos humanos Inbar Shaked Vardi. Varios colonos adultos lo arrastraron hacia las caravanas del puesto avanzado, donde fue retenido hasta que llegó la policía y lo arrestó. Los colonos acusaron a Joughin de haber agredido a uno de los niños, algo que las imágenes de vídeo mostraban claramente como inverosímil. Mientras bloqueaba con el cuerpo a uno de los jóvenes colonos, Joughin se sujetaba a la valla con una mano y trataba de filmar la refriega con el teléfono en la otra. Aun así, para los colonos la detención probablemente ilegal de Joughin puede haber tenido el resultado deseado: en vez de ser acusado, el activista fue deportado dos días después.
Ta’ayush, un movimiento voluntario contra la ocupación, fue pionero de la «presencia protectora». Uno de sus fundadores veteranos, Amiel Vardi, profesor de estudios clásicos en la Universidad Hebrea, ha sido arrestado repetidamente en Cisjordania a lo largo de los años. En 2002 resultó herido por disparos de colonos cuando ayudaba a campesinos a recoger la cosecha de aceitunas. Cada vez más, la batalla por proteger las tierras palestinas se está perdiendo, sugiere. Un amigo palestino le dijo: «Antes intentábamos proteger nuestra tierra. Ya no tenemos tierras. Ahora intentamos proteger nuestras casas.»

Vardi afirma que desde el 7 de octubre «nadie trata de ocultar la colaboración total de las autoridades con la ideología y el programa de los colonos. Y hay un programa… declarado abiertamente por gente como Smotrich, de deshacerse de los palestinos allí donde estén, incluso si hacerlo es contrario a la ley». Con Smotrich ahora al frente de los asuntos civiles en Cisjordania y el igualmente extremista ministro de Seguridad Nacional Itamar Ben-Gvir al frente de la policía, Vardi sostiene que «todo el sistema» está cada vez más alineado con objetivos anexionistas y que «cada vez más soldados de todos los rangos son colonos o comparten la ideología de los colonos».
De hecho, después del 7 de octubre unos 5.500 colonos fueron incorporados a batallones regionales de defensa para servir en Cisjordania, sustituyendo a soldados llamados a otros frentes. Esto crea, según OFEK: The Israeli Center for Public Affairs, favorable a la solución de dos Estados, «una oportunidad para que colonos violentos intimiden a las mismas comunidades a las que atacaban como civiles, ahora con jurisdicción militar».
Smotrich dijo explícitamente en febrero que en el «próximo mandato» —es decir, si sigue en el cargo después de las elecciones de octubre— habrá que «finalmente… cancelar los malditos Acuerdos de Oslo y emprender el camino de la soberanía, alentando al mismo tiempo la migración [palestina] tanto desde Gaza como desde Judea y Samaria [Cisjordania]. No hay otra solución a largo plazo.»
El proceso ya parece estar en marcha. Además de las depredaciones diarias de los colonos, la presión crónica en favor de una «migración» de ese tipo se ve agravada por la prohibición de que los trabajadores palestinos de Cisjordania entren en Israel, la retención punitiva por el Estado israelí de los impuestos adeudados a la Autoridad Palestina (AP) y el desmantelamiento de la economía ganadera de Cisjordania.
La referencia de Smotrich a Oslo también era significativa. Bajo los acuerdos de hace 33 años, el gobierno israelí permitía asentamientos únicamente en el Área C. El Área A, en cambio, que incluye las principales ciudades palestinas, está bajo la competencia de la AP, aunque sigue sometida al dominio militar israelí. (En el Área B, donde supuestamente la responsabilidad se comparte entre Israel y la AP, los colonos han establecido ya más de 20 puestos avanzados.)
No solo estaban prohibidos los asentamientos en el Área A (18 por ciento del territorio), sino que la ley prohíbe a los civiles israelíes entrar en ella. Sin embargo, en una decisión sin precedentes el mes pasado, el jefe del Comando Central de las FDI autorizó la incautación de tierras del Área A para una carretera que conecta nuevos asentamientos en el norte de Cisjordania, al sur de Yenín. Un mes después de que comenzara la guerra en 2023, estuve en Nablus para Prospect y un destacado activista local de Fatah me dijo que podía imaginar colonos israelíes dentro de la ciudad en cinco años. Lo cité, pero en realidad no le creí. Ahora su predicción parece mucho más plausible.
Todo esto plantea la pregunta de qué pasos adicionales está dispuesta a dar la comunidad internacional para respaldar la solución de dos Estados, que el gobierno de Netanyahu rechaza rotundamente y que los cambios sobre el terreno están diseñados para impedir. La firme declaración de Ed Miliband del 1 de septiembre de que planeaba un «reajuste integral» de la política sobre los territorios ocupados parece marcar un claro endurecimiento del enfoque británico frente al apoyo del gobierno israelí a los asentamientos en Cisjordania, así como a la violencia que los sustenta. Se espera para comienzos de septiembre un anuncio sobre sanciones destinadas a limitar el comercio y la actividad económica con los asentamientos.
Queda por ver si será suficiente para aliviar las presiones crónicas sobre los palestinos de Masafer Yatta. «No sé cuánto tiempo podremos aplazar el desalojo de la población de aquí —dice Vardi—. La presión internacional es lo único que podría cambiar algo.»
La inseguridad en Um al Jair se ha agravado desde mediados de julio por acontecimientos cercanos en Masafer Yatta. Varios palestinos resultaron heridos en ataques de colonos en At-Tuwani, donde se incendió una mezquita; en Tuba, donde fueron quemadas viviendas; y en Mnizel, donde se robaron más de 200 ovejas en dos incursiones separadas. Incidentes así —y a menudo mucho peores— se repiten ahora todos los días en un lugar u otro de Cisjordania.

Y entonces, el 2 de septiembre, las fuerzas israelíes demolieron repentinamente casi todo Khirbet al-Tabban, una aldea a solo 13 km de Um al Jair, desplazando a sus 70 habitantes, incluidos niños. Khirbet al-Tabban estaba en la llamada Zona de Tiro 918, parte de Masafer Yatta supuestamente reservada al entrenamiento de las FDI, y era una de las ocho aldeas cuya expulsión prevista fue ratificada por una decisión del Tribunal Supremo israelí de 2022. Sin embargo, los militares no han hecho nada por retirar 10 puestos avanzados de asentamientos israelíes establecidos dentro de la misma zona. Y aunque Um al Jair bordea la zona en lugar de encontrarse dentro de ella, la demolición de la aldea vecina fue otro duro recordatorio de que las órdenes de demolición pueden ejecutarse además de emitirse.
Otro activista israelí, Itai Feitelson, de 31 años, reconoce que los israelíes pueden documentar ataques y poner a los palestinos en contacto con abogados y funcionarios, o a veces conseguir que la policía los escuche. «Al final [los palestinos] se protegen más a sí mismos y a veces nos protegen a nosotros. El hecho de que estas comunidades sigan existiendo se debe a que son increíblemente fuertes», dice, añadiendo que «solo hay hasta cierto punto que incluso una comunidad muy fuerte puede llegar» sin «un gran cambio». No cree que ese cambio vaya a venir de dentro de Israel, ni siquiera con un nuevo gobierno después de las elecciones de octubre.
En Um al Jair, los habitantes creen que los colonos se han envalentonado por una inquietante decisión del gobierno israelí de agosto de reclasificar la mayor parte de la sección de la aldea antes reconocida como propiedad privada palestina como tierra «en estudio», una especie de etapa intermedia antes de clasificarla como tierra estatal y asignarla a los colonos. También creen que, si Um al Jair, que ha recibido considerable apoyo y atención del exterior, especialmente desde la muerte de Awdah Hathaleen, cae ante los colonos, también caerá la mayor parte de Masafer Yatta.
De vuelta en la casa parcialmente demolida de su hijo en Um al Jair, Fatima Hathaleen sugiere que ni una AP débil —cuya autoridad de todos modos no alcanza el Área C— ni los activistas extranjeros podrían salvarlos.
«Solo tenemos a Dios», dice, antes de corregir suavemente la explicación de su nuera de que los colonos de Carmel intentaban convertir la zona inmediata en todo un asentamiento. «No solo quieren echarnos de aquí —dice—. Quieren echarnos de Palestina.»
Donald Macintyre (1947) es un veterano periodista y autor británico, conocido sobre todo por haber sido jefe de la oficina de Jerusalén de The Independent entre 2004 y 2012. Autor de Gaza: Preparing for Dawn (Oneworld, 2017).
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