Doha Chams, Al Araby Al Jadid, 11 de septiembre de 2026
Original : صور خاطفة
1
En cuanto la vi, aparté rápidamente la mirada, sin conceder a mis ojos ni siquiera un instante para captar sus detalles. Aquella fugaz visión de la imagen, que me encogió el corazón, me hizo pensar que podía tratarse de una ejecución colectiva: una fila de personas de pie justo detrás de otra fila de personas arrodilladas, de espaldas a ellas. La impresión no duró más que un instante, quizá incluso menos, antes de que reparara en los uniformes idénticos de quienes estaban de pie y de rodillas y comprendiera que la imagen que había temido y evitado mirar era, en realidad… ¡la de un equipo de fútbol!
Me quedé atónita. Dios mío: ¿cómo podía haber acudido a mi mente, tras una simple mirada fugaz, la posibilidad de una ejecución colectiva sin que pensara ni por un momento que podía tratarse de un equipo de fútbol? ¿Cómo pude deducir, solo por la disposición de las personas en la foto, que era una imagen violenta de una ejecución colectiva? La misma disposición se adopta en muchas ocasiones: en las fotos de recuerdo de las clases al final del curso, como las que vemos en los viejos álbumes familiares; en los grupos de invitados de una boda, cuando todos no caben en la foto y algunos se arrodillan delante de otros. Y en el caso de un equipo de fútbol, la postura es clásica: personas arrodilladas delante de otras que permanecen de pie justo detrás. Entonces, ¿de dónde había salido aquella imagen de una ejecución colectiva, sin que hubiera siquiera pistolas apuntando a las cabezas de los arrodillados? ¿Cómo había podido imponerse a todas las demás posibilidades e interpretaciones almacenadas en mi mente?
Probablemente tenga algo que ver la rapidez con la que hojeo, o mejor dicho, la precipitación con la que paso de página. Me he vuelto rápida para evitar mirar lo que creo que son imágenes dañinas, sin darme tiempo a entender lo que muestran: imágenes de la violencia de colonos y soldados en Israel, imágenes de casas voladas y restos humanos que brotan de las redes sociales y las pantallas y nos sumergen en una atrocidad insoportable. Evito mirarlas para intentar defenderme. Aparto la vista y me limito a leer la noticia. Así intento proteger mi alma de unas imágenes de violencia que ahora llenan mi sueño inquieto. Pero parece que las consecuencias ya son enormes y graves. ¿Hasta ese punto se ha contaminado mi memoria visual? ¿Y mi alma? ¿Es este el efecto de un genocidio que lleva tres años transmitiéndose en directo?
2
El 11 de septiembre. Las pantallas extranjeras, sobre todo, recuperan las imágenes de aquel día. Aviones civiles penetrando en las torres del World Trade Center, ídolo del capitalismo en Nueva York. La imagen es asombrosa. Hoy podría fabricarse con inteligencia artificial. Pero la fuente de su singularidad y de nuestro estupor ante ella es que ocurrió de verdad. Recuerdas aquel día de hace veinticinco años. Era mediodía, o poco después. La diferencia horaria. Recuerdas haber recibido la noticia en la redacción del periódico, haberte quedado clavada junto a tus compañeros ante las pantallas, como si no pudierais creer lo que estaba ocurriendo. Sentimientos encontrados. Estados Unidos, que gobierna el mundo protegido tras sus fronteras geográficas, sufría la mayor brecha de seguridad de su historia. Recuerdas la portada del periódico al día siguiente y cómo el director la tituló en inglés «Apocalypse Now», es decir, «Apocalipsis ahora», tomando el título de la famosa película usamericana de Francis Ford Coppola sobre la guerra de Vietnam.
Hoy vuelves a mirar aquella imagen con otros sentimientos, que te llevan a plantearte preguntas morales sobre el derecho a odiar, sobre la venganza cuando no hay justicia, sobre cómo salvarte al mismo tiempo de la injusticia y salvar tu humanidad del deseo de regodearte en el sufrimiento ajeno. ¿Cómo distinguir al verdadero criminal de la verdadera víctima? ¿Y cómo puede esa distinción evitar que tú misma te conviertas en un monstruo? ¿Cómo salvarte a la vez de la injusticia y salvar tu humanidad del deseo de alegrarte por la desgracia ajena? ¿Cómo distinguir al criminal de la víctima para protegerte de convertirte en un monstruo?
Vuelves a mirar la imagen con tres años a tus espaldas de desenfreno de Estados Unidos e Israel, que han dejado montañas de destrucción, cadáveres y crímenes horrendos contra civiles que han quedado impunes; más aún: crímenes que el planeta, con todas sus instituciones jurídicas e internacionales, se muestra incapaz de castigar. Sigues los informativos franceses e ingleses. Por la mañana recuperan la célebre imagen de los aviones penetrando en las dos torres y luego emiten un reportaje sobre cómo las autoridades ocultaron la verdad acerca de la contaminación del aire en Nueva York, que provocó un aumento aterrador de los casos de cáncer entre los habitantes de la ciudad tras el derrumbe de las torres y la dispersión de sustancias cancerígenas cuya existencia las autoridades silenciaron, añadiendo así otro crimen. Hoy, en pleno genocidio, vemos en aquella imagen icónica un nuevo mensaje que no era claramente «visible» cuando fue emitida por primera vez, quizá porque el horror de la escena eclipsaba todo lo demás: un mensaje sobre la venganza, sobre el odio acumulado por los actos de las autoridades de aquel país en todo el planeta. La imagen casi parece gritar: «Sí, podemos».
3
La imagen procede del cielo de Gaza. La fuente: los informativos. El Diluvio alza el vuelo en aparatos de fabricación artesanal, hechos con lo que puede encontrarse en Gaza, encarcelada y sitiada desde hace dos décadas ante la indiferencia del mundo. Esos aparatos cruzan las barreras del enemigo y llegan a la tierra que ocupa. El enemigo está atónito. La imagen queda grabada en su inconsciente colectivo: el peligro que llega desde el cielo, precisamente desde el lugar que creía dominar y controlar en exclusiva. El mundo abre la boca de asombro ante la escena, ante aquella voluntad de resistencia, ante aquella imaginación. La necesidad es la madre de la invención, sin duda. El odio también. Las sonrisas se dibujan en los labios de los oprimidos. La resistencia es posible. Sí, es posible. Siempre es posible.
4
Entre los escombros y las tiendas de campaña, los niños inventan sus juegos. La falta de medios y las circunstancias los devuelven a los juegos que practicaban sus padres. Recuperan juegos que no necesitan ningún material, porque ese material ya no existe en la Gaza destruida. Saltan a la cuerda entre las ruinas. Juegan a «X», un juego que solo requiere una pierna, una piedra y unas casillas trazadas en la tierra. Algunos saltan sobre una sola pierna, esa que la empresa Adidas no vio cuando rodó su infame anuncio con un soldado del genocidio.
Otros reúnen papel, cuerdas y cañas y fabrican aviones de papel. Sus aviones se elevan en el cielo. Un cielo que pertenecía al ocupante y que ahora recuperan las cometas que hacen volar unos niños privados de todo, que crean de la nada pájaros para que jueguen con ellos. Los locos enloquecen de rabia. El cielo, como el aire, no puede cercarse. ¿Qué vieron los israelíes cuando divisaron aquellas cometas? ¿Qué recuerdo acudió a su mente al primer vistazo? ¿Recordaron los aparatos artesanales del Diluvio que se abalanzaron sobre ellos mientras estaban desprevenidos? ¿O recordaron el pánico del 7 de octubre, se enfurecieron consigo mismos y descargaron después su ira sobre las cometas de los niños? ¿Pensaron que eran drones que venían a vengarse de ellos? Quizá. No lo sé. Pero saben una cosa: los niños crecerán y los aviones crecerán también. Inevitablemente.
Doha Chams es una periodista y bloguera libanesa. Vive en Beirut.
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