Dos Inteligencias
Lo que la guerra de Irán revela sobre los modelos usamericano y chino
Version originale en français - English Version
“Tu vuò fà l’americano / ‘Mericano, ‘mericano / Ma ‘e sorde p’‘e Camel / Chi te li dà ? / La borsetta di mammà”
“Querés hacerte el americano / Americano, americano / Pero la guita pa’ los Camel / ¿Quién te la da? / La carterita de mamá”
— Renato Carosone, Tu vuò fà l’americano (1956)En 1956, Nápoles se reía de aquel que imitaba los signos exteriores del poder gringo sin poseer su sustancia. Setenta años después, quizás sea USA el que está interpretando su propio personaje.
Acabamos de publicar la traducción al francés y al español de dos artículos sobre inteligencia artificial, pero cuyo verdadero objeto es más amplio que la IA propiamente dicha. En realidad, interrogan la relación entre técnica, decisión y realidad.
El primero, del sitio saudí houseofsaud, firmado por Mohammed Omar, “¿Fue la guerra de Irán causada por una psicosis de IA?”, describe un mecanismo preciso: sistemas de IA proporcionaron coordenadas de ataque a muy gran escala, proyectaron un colapso rápido del régimen iraní, anticiparon una seguridad casi inmediata del estrecho de Ormuz, y luego vieron casi todas esas hipótesis desmentidas por los hechos.
El segundo, de Asia Times, firmado por Jan Krikke, “La gran fractura de la IA: lógica de mercado en USA, integración sistémica en China”, sostiene que USA y China no solo desarrollan inteligencias artificiales diferentes, sino dos concepciones distintas de la inteligencia misma: por un lado, una capacidad autónoma, impulsada por el mercado y la competencia; por el otro, una función de coordinación, integrada en sistemas productivos, administrativos y logísticos más amplios.
Tomados por separado, estos dos textos iluminan cada uno un aspecto del momento presente. Leídos juntos, permiten ir más lejos.
Una guerra que se jugó en el bucle de validación
El artículo sobre Irán no solo muestra un uso insensado y pasmoso de la IA en un contexto militar. Sugiere que cierto tipo de IA, cuando se introduce en un aparato de decisión ya orientado hacia la velocidad, la escalada y la búsqueda de validación, puede transformar hipótesis frágiles en cuasicertidumbres operativas.
El problema entonces no es solo el error de cálculo estadístico. Reside en la forma misma que adopta ese error: un error alisado, cuantificado, formulado con la autoridad de un sistema técnico, por lo tanto más difícil de cuestionar que un juicio humano explícitamente prudente o incompleto. Es esta transformación de la duda en certeza lo que da al asunto iraní su propio alcance.
El texto de Mohammed Omar insiste en un punto decisivo: los modelos movilizados no solo habrían acompañado premisas erróneas, sino que las habrían reforzado. La llamada IA sycofántica –surgida de los mecanismos de aprendizaje por refuerzo a partir de retroalimentación humana (Reinforcement Learning from Human Feedback, RLHF)– tiende a producir respuestas conformes a las expectativas implícitas del usuario, incluso cuando esas respuestas son fácticamente débiles o incompletas. (Este término técnico designa un fenómeno bien documentado: los modelos aprenden a priorizar la aprobación del usuario, a veces en detrimento de la precisión factual.)
En un marco militar, esta propiedad cambia de naturaleza. Ya no se limita a adular a un interlocutor; reduce la fricción que, en condiciones normales, separa una hipótesis de una decisión. Cuando las simulaciones anuncian un colapso rápido del régimen, minimizan la duración probable del conflicto, ignoran la posibilidad de un cierre prolongado de Ormuz o subestiman la lógica de desgaste del bando atacado, no solo describen mal la realidad: reorganizan el juicio de quienes deciden.
Una arquitectura que valida más que integra
Aquí es donde el segundo texto cobra todo su sentido. Jan Krikke muestra que, en el modelo usamericano, la inteligencia artificial se concibe ante todo como una capacidad autónoma: se trata de construir sistemas cada vez más potentes, más rápidos, más generativos, capaces de razonar, producir y actuar. Este modelo refleja la lógica más general del capitalismo usamericano: descentralizado, competitivo, apoyado en el capital de riesgo, dominado por la búsqueda de rendimiento y velocidad. Produce herramientas notablemente eficaces en ciertos ámbitos, pero deja subsistir una fuerte fragmentación institucional y una débil integración de los sistemas.
China sigue otro camino. Allí la inteligencia se concibe menos como autonomía que como función: vale por su inserción en un conjunto más amplio, donde datos, infraestructuras, gobernanza, producción y circulación se diseñan como elementos coordinados. Una apunta al aumento de capacidad; la otra a la coherencia del conjunto.
Al yuxtaponer estos dos textos, viene a la mente que si el episodio iraní tomó esa forma, quizás no sea solo por una falta de mando o por un mal uso local de una herramienta. Tal vez sea porque pone al desnudo la lógica de un ecosistema técnico más general: una IA desarrollada en un universo donde la rapidez del despliegue, la capacidad demostrativa y la adhesión del decisor cuentan más que la integración lenta en sistemas reales y contradictorios.
El texto sobre el ataque contra Irán lo dice casi explícitamente cuando muestra modelos optimizados para la velocidad más que para el desafío contradictorio, y cadenas de decisión comprimidas hasta el punto que la prosa fluida, estructurada y segura de las máquinas pudo imponerse sobre las formulaciones más matizadas de la inteligencia clásica.
Un episodio mencionado en el artículo –el Millennium Challenge 2002– da profundidad histórica a este fenómeno. Este wargame, el más costoso jamás organizado por el Pentágono, enfrentaba a una fuerza usamericana contra una fuerza enemiga (un Irán apenas disimulado) comandada por un general retirado, Paul Van Riper. Este último utilizó tácticas asimétricas –mensajeros en moto, señales lumínicas de la Segunda Guerra Mundial, un enjambre de misiles preventivo– para hundir dieciséis barcos usamericanos en las primeras horas. La respuesta del Pentágono fue interrumpir el ejercicio y repetirlo con un guion que asegurara la victoria usamericana. Van Riper renunció en protesta. Veinticuatro años después, Irán emplea las mismas tácticas asimétricas –y las simulaciones de IA, calibradas sobre las expectativas de los planificadores, visiblemente fallaron en tenerlas en cuenta de manera creíble.
La IA como espejo o como infraestructura

Este punto conecta directamente con varios análisis que publicamos hace unos meses.
En “Entrenar o inferir: la inteligencia artificial revela dos mundos” (“Entraîner ou inférer : l’intelligence artificielle révèle deux mondes”), propusimos leer la fractura sino-yanqui no a través de la mera carrera por los modelos, sino a través de la distinción entre entrenamiento e inferencia. USA aparecía allí como la potencia del entrenamiento: espectacular, intensiva en capital, energívora, apoyada en la deuda, pero débilmente anclada en la materia. China, en cambio, era descrita como la potencia de la inferencia: menos demostrativa, pero más integrada en la economía real, en las fábricas, las redes, los objetos y los flujos. Esta oposición no era simplemente técnica; ya describía dos relaciones diferentes con lo real.
En “La ESN (NSS) 2025 frente a lo real: la IA yanqui, la materia china y el punto de quiebre”, prolongamos esa intuición. Sostuvimos que la IA usamericana tendía cada vez más a funcionar como una narrativa financiera autojustificada, mientras que la IA china se convertía en una infraestructura productiva, hasta el punto que la inteligencia artificial ya no aparecía como un software autónomo, sino como la arquitectura misma de la producción. La fórmula era deliberadamente simple: una se financia con deuda, la otra se autofinancia con producción; una promete soberanía mediante el relato, la otra la construye mediante la integración de las cadenas materiales.
Esta diferencia no es secundaria. Ayuda a entender por qué una IA puede, en un caso, servir para organizar la materia, y en el otro, para consolidar escenarios cuya coherencia es ante todo discursiva.
El poder que cree ciegamente en sus máquinas
La guerra contra Irán pone en tela de juicio no solo la fiabilidad de un modelo y la imprudencia de un estado mayor, sino sobre todo un régimen de decisión en el que la máquina ya no sirve como instrumento para verificar, sino para volver creíble.
A partir de ahí, el riesgo supera la mera guerra mal conducida. Cuando un poder se acostumbra a recibir de una máquina formulaciones que refuerzan sus propias premisas, el fracaso de la máquina alcanza su propia autoridad de juicio. El poder aparece entonces muy debilitado en el plano simbólico, hasta el punto de que puede resultar totalmente superfluo, en su confusión entre simulación y mundo real.
Lo que está en juego es la delegación simbólica del juicio: la IA se convierte en un álibi que dispensa a sus usuarios de confrontar sus hipótesis con la complejidad de lo real. Ahora bien, esa delegación no es una fatalidad técnica; es el producto de una cierta concepción de la inteligencia –la que privilegia la autonomía, la velocidad y la adhesión sobre la integración, la lentitud y la contradicción.
Dos inteligencias, dos regímenes de decisión
La pregunta planteada por estos dos textos excede largamente el caso iraní. No todas las inteligencias artificiales producen la misma relación con lo real. Algunas refuerzan, aceleran y validan. Otras vinculan, coordinan y organizan.
Dicho de otro modo, el problema ya no es solo saber qué puede hacer la IA, sino qué impacto tiene sobre el juicio de quienes gobiernan con ella. Es desde esta pregunta que hay que leer el episodio iraní, y es también desde ella que resulta posible entender la divergencia cada vez más nítida entre la trayectoria usamericana y la trayectoria china.
USA construye inteligencias que hablan a sus usuarios; China construye inteligencias que hablan a sus sistemas. La primera sobresale en la producción de discursos coherentes y proyecciones convincentes; la segunda en la organización silenciosa de los flujos materiales. Una valida las certezas del mando; la otra las confronta con la resistencia de las cadenas logísticas.
No es una superioridad técnica lo que separa estos dos caminos. Es una diferencia de régimen de decisión. Y es quizás esta diferencia –más que la potencia de cálculo o el número de parámetros– la que decidirá, en los años venideros, la capacidad de transformar la inteligencia artificial en una verdadera inteligencia de la acción.

