Cómo las protestas del Cockroach Janta Party han sacudido el control de Modi sobre la India
La generación Z india y el Cockroach Janta Party [Partido popular des la cucarachas] han convertido la indignación por las filtraciones de exámenes en un movimiento nacional de protesta que desafía al régimen de Narendra Modi y ha sacudido el miedo profundamente arraigado que inspiran su gobierno y la derecha hindú.
Neha Dixit, Himal, 25 de julio de 2026

«DESDE QUE TENGO MEMORIA, solo he oído que quienes hablan contra el gobierno indio son “antinacionales”», me dijo Pragya Gautam, una estudiante dalit (“intocable”]de 20 años del Estado de Uttar Pradesh, en el lugar de protesta de Jantar Mantar, en el centro de Delhi. Había tomado un tren nocturno hacia la capital sin avisar a sus padres, llevando únicamente 200 INR [1,82€] y su teléfono inteligente. «En la última semana me he dado cuenta de que no son esas personas, sino el propio gobierno indio, el que es antinacional».
Gautam quiere ser médica. Durante los últimos tres años ha preparado e intentado aprobar el National Eligibility cum Entrance Test (NEET), el examen nacional unificado de acceso a los estudios de medicina en la India. Se presentó en 2024 y 2025, y volvió a hacerlo el 3 de mayo de este año. Creía que le había ido muy bien. «Estaba segura de que esta vez lo conseguiría».
Casi 2,3 millones de estudiantes se presentaron al examen para competir por unas 130.000 plazas en facultades de medicina. El 12 de mayo, la National Testing Agency, que gestiona los concursos de acceso y las admisiones para el Ministerio de Educación, anunció que el NEET celebrado el 3 de mayo quedaba anulado porque el examen se había filtrado. Se fijó una nueva prueba para el 21 de junio. Los exámenes del NEET también se habían filtrado en 2021 y 2024.
Los padres de Gautam le habían dado tres años después de terminar la escuela para entrar en una facultad de medicina o, de lo contrario, casarse. La repetición era su cuarto y último intento. Llevaba varios días viviendo en el lugar de la protesta cuando la conocí. «Si no me hubiera unido a las cucarachas en Delhi, me habría suicidado», dijo.
Al menos doce aspirantes al NEET se suicidaron entre la anulación del examen y su repetición.
EL 15 DE MAYO, cuatro días después de pedir a la ciudadanía india que evitara viajar al extranjero durante un año para ayudar a la economía del país a soportar los efectos de la crisis en curso en Asia occidental, el primer ministro Narendra Modi partió en una gira diplomática por cinco países.
Ese mismo día, Surya Kant, presidente del Tribunal Supremo de la India, declaró examinando una petición: «Hay jóvenes que son como cucarachas, que no consiguen empleo ni encuentran un lugar en la profesión. Algunos se convierten en medios de comunicación, otros en redes sociales, activistas del derecho a la información y otros tipos de activistas, y empiezan a atacar a todo el mundo». Comparó a esos jóvenes con «parásitos del sistema».
Abhijit Dipke, un graduado dalit de 30 años, abrió una cuenta satírica en Instagram para el Cockroach Janta Party (CJP, Partido popular de las cucarachas), jugando con el nombre del Bharatiya Janata Party (BJP) de Modi. Escribió que cualquiera que quisiera unirse al CJP debía ser perezoso, estar desempleado, vivir conectado y saber despotricar como un profesional, rasgos esenciales del estereotipo popular de la generación Z, que llegó a la edad adulta aproximadamente durante la última década. En la India reúne a unos 350 millones de personas, cerca de una cuarta parte de la población.
En una semana, la cuenta de Instagram del CJP alcanzó los diez millones de seguidores y superó a la del BJP en la plataforma. El CJP lanzó una campaña para exigir la dimisión del ministro de Educación, Dharmendra Pradhan, del BJP. Pradhan había iniciado su carrera como activista del Akhil Bharatiya Vidyarthi Parishad, la rama estudiantil del Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS), organización matriz del BJP, y había participado él mismo años atrás en grandes protestas estudiantiles contra las filtraciones de exámenes, un problema endémico en la India desde hace décadas.
La campaña cobró velocidad. Solo desde 2019 se conocen 64 filtraciones relacionadas con grandes concursos en 19 Estados indios. En las redes sociales, la gente empezó a compartir sus dificultades y decepciones con los exámenes competitivos y el sistema educativo del país. El CJP pidió además a todas las «cucarachas» que publicaran vídeos y fotos que mostraran la mala gestión: infraestructuras deficientes, corrupción oficial, políticos que se comportaban mal y otros abusos. Las publicaciones no dejaron de llegar. Cuando Dipke instó a la gente a dejar de seguir las cuentas del BJP, el gobierno indio consiguió que X bloqueara la cuenta del CJP.
Dipke había lanzado el CJP desde los USA, adonde se había trasladado para estudiar. Antes había trabajado como estratega de comunicación del Aam Aadmi Party, firme adversario del BJP surgido de un movimiento anticorrupción en la década de 2010, antes de ser reprimido y desperdiciar su atractivo insurgente. Regresó a la India a comienzos de junio para iniciar la primera protesta del CJP en Jantar Mantar, lugar oficialmente destinado a las manifestaciones en Delhi. Según Dipke, el objetivo era «ejercer nuestro derecho constitucional a exigir rendición de cuenta al gobierno».
Sonam Wangchuk, educador y activista de Ladakh, se unió a la protesta en Delhi. Muchos indios lo conocieron gracias a la película de Bollywood ‘Three Idiots’, estrenada en 2009, que incluía un personaje inspirado en él y enfrentado al sistema dominante de aprendizaje memorístico. El año pasado pasó seis meses en prisión tras protestar por el trato dispensado a Ladakh por el gobierno encabezado por el BJP. Surgieron otras protestas del CJP en distintos puntos del país, entre ellos Pune, Jaipur, Lucknow y Bengaluru.
A finales de junio, Wangchuk inició una huelga de hambre para exigir la dimisión de Pradhan. Seis activistas estudiantiles, todos miembros de la All India Students Association (AISA), rama estudiantil del Partido Comunista de la India (Marxista-Leninista) Liberación, decidieron acompañarlo.
Mientras tanto, la protesta de Jantar Mantar inspiró otras movilizaciones en la India por los medios de subsistencia y los derechos constitucionales. En Uttarakhand, la población protestó para detener la tala de árboles destinada a ensanchar una carretera. En Madhya Pradesh, comunidades tribales se opusieron al proyecto de interconexión de los ríos Ken y Betwa, que amenaza con desplazarlas. Numerosos activistas, académicos, artistas, escritores y dirigentes políticos conocidos apoyaron el movimiento creciente del CJP. La huelga de hambre de Wangchuk atrajo cada vez más atención a medida que su estado empeoraba.
El gobierno no cedió ni se pronunció sobre el asunto. Como muchos líderes hipermasculinos del mundo, Modi ha incorporado a su imagen política la idea de que, salvo raras excepciones, no retrocede ante la oposición ni las protestas. Pradhan siguió siendo ministro de Educación.
En la madrugada del 18 de julio, ante la preocupación creciente por la salud de Wangchuk, el gobierno lo retiró por la fuerza de Jantar Mantar. Era el día 21 de su huelga de hambre. En pocos minutos, internet se llenó de imágenes en las que aparecía arrastrado sobre sábanas blancas. Fue ingresado en un hospital público bajo una enorme vigilancia policial y se impidió a su esposa trasladarlo.
Ese mismo día, una mujer arrojó tinta azul a Dipke y afirmó que la protesta insultaba a las divinidades hindúes, una acusación predilecta del BJP y de sus partidarios nacionalistas hindúes. Dipke convirtió el incidente en una victoria simbólica: «El azul es mi color, Jai Bhim» [Viva Bhimrao], aprovechando la asociación de ese color con el movimiento anticastas y con Bhimrao Ambedkar, el emblemático dirigente dalit que dirigió la redacción de la Constitución india.
El trato dispensado a Wangchuk provocó aún más indignación. El CJP ya había convocado una marcha pacífica hacia el Parlamento indio para el 20 de julio. Miles de jóvenes tomaron autobuses y trenes desde todo el país rumbo a Delhi. Los grupos de WhatsApp se utilizaron para coordinarse y las publicaciones en redes sociales enumeraban qué debían hacer y evitar quienes protestaban por primera vez. Muchos recién llegados durmieron en las aceras del centro de Delhi, en un gurdwara [lugar de culto sij] que les ofreció alimento y refugio, o en el propio lugar de la protesta.
El gobierno prohibió las concentraciones masivas y cortó internet en buena parte del centro de Delhi. Miles marcharon de todos modos. Se encontraron con barricadas, cañones de agua y enormes contingentes de fuerzas de seguridad equipadas con material antidisturbios, lathis [porras de bambú] y gases lacrimógenos. Los agentes cargaron contra los manifestantes, los golpearon y los arrastraron por las calles. A muchas mujeres les arrancaron la ropa. Numerosas personas sufrieron los gases y al menos tres manifestantes recibieron disparos de perdigones. Al menos un policía llevaba un clavo fijado a su porra. Todo quedó grabado con teléfonos y circuló por internet.
Más de 110 personas resultaron heridas y la policía desmanteló violentamente el campamento de Jantar Mantar. Pero las imágenes de la brutalidad gubernamental sacudieron al país. Esa misma tarde volvió a reunirse una multitud en Jantar Mantar. Esta vez, a los jóvenes se sumaron cada vez más personas de generaciones mayores: padres, vecinos, curiosos e incluso algunas celebridades que durante mucho tiempo habían evitado pronunciarse sobre cualquier asunto capaz de provocar al gobierno. A medianoche se había reconstruido el escenario donde yacían los huelguistas de hambre y la protesta se reanudó.
Sigue allí y es mayor que antes. Tanto en internet como en el espacio físico, la indignación y las protestas continúan extendiéndose.
HACE DIEZ AÑOS publiqué una investigación que revelaba cómo grupos afiliados al RSS habían trasladado a 31 niñas tribales del noreste de la India para adoctrinarlas en la ideología nacionalista hindú.
En Punjab y Gujarat, al otro extremo del país, les enseñaban a rezar a dioses hindúes en lugar de a sus divinidades tradicionales, a abandonar sus lenguas y costumbres, a odiar a musulmanes y cristianos, y a inmolarse para proteger su honor. Descubrí que miles de niños tribales del Noreste habían sido separados de sus padres de forma parecida bajo la promesa de una educación gratuita.
Esas acciones vulneraban varias leyes indias e internacionales y contradecían resoluciones del Tribunal Supremo y protocolos jurídicos. El patrón recordaba lo que se ha denominado «genocidio cultural» en Canadá, Australia y otros lugares, con una historia de internados dirigidos por el gobierno y misioneros cristianos para «civilizar» a los niños indígenas.
Mi investigación ofrecía una ventana al modelo educativo del RSS, impulsado agresivamente por el gobierno del BJP para homogeneizar, controlar y censurar las diversas prácticas pedagógicas de la India. Poco después de publicarse, afronté dos procesos penales, uno por difamación criminal y otro por incitación al odio comunitario. Sufrí abusos masivos en internet, amenazas contra mi familia y contra mí, y un intento de ataque con ácido. Los casos siguen arrastrándose por los tribunales.
Modi y el BJP llevaban dos años en el poder nacional. Aquel episodio formó parte de lo que hoy sabemos que fue la primera fase de la ofensiva del gobierno de Modi contra el periodismo independiente y cualquier forma de crítica, protesta o disidencia.
En 2015, un movimiento de desobediencia civil llevó a casi 50 escritores y artistas a devolver sus premios estatales para protestar contra el aumento del odio comunitario y los ataques a la libertad de expresión. Se enfrentaron a calumnias feroces de los troles de la derecha hindú y de los auxiliares del gobierno en los grandes medios. El movimiento empezó después de que una turba hindú de derechas linchara en Dadri, cerca de Delhi, a un musulmán acusado de comer carne de vaca. A comienzos de ese año, los intelectuales racionalistas Govind Pansare y M. M. Kalburgi habían sido asesinados por un grupo hindú de derechas.
Muchas otras personas sufrirían el acoso y la persecución del gobierno y de la derecha hindú. En 2016, cuando apareció mi investigación, la Universidad Jawaharlal Nehru de Delhi (JNU), demonizada por la derecha hindú como refugio del pensamiento liberal y de izquierdas, sufrió una ofensiva alimentada por la desinformación contra el activismo político y la libertad de expresión. Tres dirigentes estudiantiles fueron detenidos por haber coreado supuestamente consignas «antinacionales». La represión derechista pronto se convirtió en norma en las universidades del país, también en la Universidad de Hyderabad, después de que Rohith Vemula, un investigador dalit, se suicidara desesperado por el trato recibido de activistas de la derecha hindú y de una administración universitaria alineada con el gobierno.
Todo ello alimentó un miedo a enfrentarse al gobierno y a la derecha hindú que fue penetrando en cada aspecto de la vida pública india. Después llegaron muchos episodios parecidos. Dieciséis figuras destacadas de la sociedad civil fueron detenidas por terrorismo a raíz de investigaciones gubernamentales sobre un enfrentamiento ocurrido en 2018 entre nacionalistas hindúes y activistas anticastas en Bhima Koregaon, Maharashtra. Análisis forenses independientes demostraron que se había utilizado software malicioso para plantar pruebas incriminatorias en los dispositivos digitales de varios acusados. Stan Swamy, un sacerdote jesuita anciano y defensor de los derechos tribales, murió en prisión sin juicio mientras los tribunales rechazaban repetidamente concederle la libertad por razones médicas.
En agosto de 2019, el gobierno anunció la inminente revocación del artículo 370 de la Constitución, lo que suponía el fin de la condición de Estado de Jammu y Cachemira, el único de mayoría musulmana del país, y de su estatus especial dentro de la República india. En el valle de Cachemira, las protestas fueron aplastadas brutalmente e internet permaneció cortado durante más de año y medio. Desde entonces, esos cortes se han generalizado: entre los países democráticos, la India ocupa hoy el primer lugar mundial en interrupciones de internet e impuso 65 solo en 2025.
En diciembre de 2019, el gobierno aprobó la Citizenship Amendment Act (CAA), que introdujo por primera vez criterios religiosos en la legislación india de ciudadanía al facilitar la naturalización de minorías no musulmanas procedentes de varios países vecinos. Los musulmanes considerados llegados de esos países después de 2014, por su parte, debían ser tratados como migrantes ilegales. La ley, junto con el proyecto de un Registro Nacional de Ciudadanos (NRC) para eliminar a los «inmigrantes ilegales», despertó el temor a una desnacionalización burocrática de los musulmanes indios. Las protestas masivas fueron respondidas con la ya conocida demonización de los manifestantes por los troles en internet y los medios progubernamentales, a menudo llamados «godi media», medios falderos.
Después de que una protesta espontánea de mujeres contra la CAA arraigara en el barrio de Shaheen Bagh, cerca de la Universidad Jamia Millia Islamia de Delhi, la policía y las fuerzas paramilitares atacaron a estudiantes en el campus. En enero de 2020, protestas similares contra la CAA y el NRC se habían extendido por la capital y el país. Terminaron, y el gobierno aparcó el plan del NRC, tras unos disturbios comunitarios en el noreste de Delhi a finales de febrero, alimentados por discursos de odio bien documentados de dirigentes del BJP, con la policía como cómplice o mirando hacia otro lado. Murieron más de 50 personas, la gran mayoría musulmanas. Umar Jalid, detenido anteriormente durante la ofensiva contra la JNU, fue acusado de instigar los disturbios y encarcelado. Sigue en prisión acusado de terrorismo y todavía no ha sido juzgado.
A finales de 2020, cientos de miles de agricultores convergieron sobre Delhi para protestar contra nuevas leyes agrarias. Detenidos en las fronteras de la capital, instalaron campamentos de kilómetros a lo largo de las carreteras, que resistieron más de un año entre enfrentamientos esporádicos con la policía y una enorme campaña de difamación. Los sindicatos agrarios registraron más de 700 muertes entre los participantes. Las protestas duraron hasta que el gobierno finalmente retiró las leyes.
Cubrí muchas de esas historias y protestas. En aquel clima, cada una constituía un acto extraordinario de desafío. Para los organizadores y dirigentes, la persecución selectiva y la detención eran posibilidades constantes. Para los participantes, e incluso para los curiosos o periodistas que se limitaban a hacer su trabajo, el espectro de la violencia estatal estaba casi siempre presente. A veces, como en la multitud de las protestas campesinas, el número mismo de manifestantes ofrecía un respiro. Su valor desafiaba en ocasiones el miedo general de la sociedad, pero nunca se extendía realmente a otros sectores.
Esta vez, con la propagación de las protestas del CJP, el ánimo ha cambiado. El gobierno, aferrado a sus viejos métodos, tiene dificultades para contener la expresión en internet de la generación Z. Los medios tradicionales, una de sus principales armas, están desconcertados por una generación que los ha evitado y ha perdido por completo la confianza en ellos. Los manifestantes del CJP comparten muchas de las mejores tácticas de movimientos anteriores, incluida la solidaridad entre religiones, castas y clases. Les han añadido una creatividad mordaz y un alcance digital que ninguno había igualado. Poco a poco, al menos por ahora, han quebrado el dominio del miedo del gobierno de Modi.
Neha Bora, doctoranda en la JNU y presidenta de la AISA, fue una de las seis personas que se unieron a la huelga de hambre de Wangchuk. «A menudo, después de una ofensiva estatal o policial contra los manifestantes, se hace el silencio», me dijo. «Cuando el movimiento deja de temer la represión, el miedo de la gente desaparece».
EN 2021, Modi acuñó el término andolanjeevi, «parásitos de la protesta», para referirse a los agricultores movilizados. En 2019, antes de las protestas por la CAA y el NRC, el ministro del Interior Amit Shah llamó «termitas» a los inmigrantes ilegales. Ambos fueron condenados por ese lenguaje deshumanizador, pero ninguno sufrió consecuencias. Las palabras de Kant sobre las «cucarachas» parecían igual de crueles. Esta vez, eso sí, los jóvenes convirtieron el insulto en una insignia de honor.
«Aunque el CJP empezó como una plataforma satírica, estaba en el lugar y el momento adecuados», dijo Bora. «Había una ira tardía y una frustración acumulada durante mucho tiempo».
Una de las promesas de Modi cuando llegó al poder en 2014 era crear veinte millones de empleos al año. El país nunca alcanzó esas cifras y muchos de los empleos que han surgido, en el trabajo de plataformas por ejemplo, son precarios, con condiciones y salarios pésimos. El desempleo juvenil es enorme. El aumento de la matrícula educativa ha producido más titulados que buscan buenos empleos que sencillamente no existen.
Menos del 7 % de los graduados indios tienen empleos asalariados permanentes. Entre 2014 y 2022 hubo más de 220 millones de candidatos para 722.000 nombramientos en la administración central de la India. Mientras tanto, el 1 % más rico posee aproximadamente el 40 % de la riqueza total del país. Las élites, incluidos muchos ministros, optan cada vez más por evitar las universidades indias y enviar a sus hijos a estudiar al extranjero.
«Los concursos de acceso son una de las pocas oportunidades justas que tienen los estudiantes indios para dar el salto y conseguir empleo en la economía formal», explicó Shipra Nigam, economista que estudia el desempleo en la India. «Los empleos empresariales suelen exigir privilegios y contactos de clase y de casta. Por eso los puestos públicos tienen tanto valor y los concursos que permiten obtenerlos parecen ofrecer igualdad de condiciones». Con las filtraciones, incluso esta pequeña promesa de una vida digna desaparece.
La situación afecta a los estudiantes de clase trabajadora y a las clases medias, cuyos ingresos familiares no han seguido el ritmo de la inflación. Preparar concursos requiere mucho tiempo, esfuerzo y recursos, y muchas personas dedican años a ello. Según Dipa Sinha, economista del desarrollo, «en los últimos años los ingresos de las familias indias se han estancado. Las familias hacen sacrificios para ayudar a los aspirantes a preparar esos exámenes. La anulación y la repetición después de una filtración dificultan otra ronda de preparación».
Sinha añadió que «muchos jóvenes no pueden permitirse esperar el empleo de sus sueños» y «terminan regresando al trabajo agrícola, ocasional o similar». Muchos se identifican con la causa del CJP porque refleja su experiencia. «Toda su ambición de una vida mejor ha quedado bloqueada y sellada. Esta es su válvula de escape».
Esta no es la única frustración que impulsa al movimiento del CJP. Muchos han señalado sus semejanzas con la reciente oleada de protestas lideradas por la generación Z en Asia del Sur y en el mundo. En Bangladesh, estudiantes desencadenaron en 2024 una revuelta que derribó al gobierno autocrático de Sheij Hasina. Estallaron protestas en Indonesia, Filipinas y Nepal, donde todo el viejo orden político fue barrido en 2025, y después en Maldivas, Madagascar y otros lugares. Estos movimientos compartían quejas por la desigualdad y la corrupción, la exigencia de rendición de cuentas públicas, la impunidad gubernamental y la erosión de los derechos democráticos. Las protestas del CJP se han nutrido de inquietudes parecidas.
Las generaciones mayores también albergaban quejas similares, pero los manifestantes de la generación Z, incluido el CJP, han encontrado nuevas formas de expresarlas y amplificarlas, principalmente en las redes sociales. Como primera generación india nativa digital, criada bajo un régimen de posverdad y expuesta durante años a la famosa BJP IT Cell, el aparato del partido en redes sociales, entiende que la emoción puede pesar tanto como los hechos en la batalla de los relatos. Sabe que los memes y el humor se difunden más rápido en internet y pueden ser las mejores herramientas contra la propaganda.
Como en movimientos anteriores, ha circulado mucha propaganda progubernamental sobre el CJP. Los presentadores de televisión y el ejército digital del BJP han desplegado sus acusaciones habituales para desacreditar a los manifestantes: conspiración opositora, mano extranjera oculta, amenazas a la seguridad nacional. Ninguna ha detenido el impulso del CJP. Después de años de desinformación descarada procedente de esos ámbitos, los jóvenes participantes han aprendido a ignorarla. La televisión sigue ejerciendo una enorme influencia sobre las generaciones mayores y quizá continúe siendo el medio más poderoso del BJP para llegar a su base. El discurso de la generación Z, en cambio, se ha desplazado casi por completo a internet y ha creado vocabularios y convenciones propios.
El CJP está penetrando incluso en partes de la base del BJP. La familia de Bora es un ejemplo. Sus parientes apoyan al partido gobernante, dijo, y aún confían en los informativos de televisión y en los mensajes reenviados por WhatsApp, notorios por difundir noticias falsas. Les disgusta que sea activista estudiantil y repiten con frecuencia la propaganda contra la JNU. También intentaron disuadirla de iniciar la huelga de hambre. Pero el 19 de julio, día 22 de su ayuno, Bora se despertó muy débil después de quedarse dormida y encontró a su madre masajeándole las piernas. Había viajado desde Bareilly, su distrito natal en Uttar Pradesh. «No esperaba que viniera», dijo Bora. Su madre pasó la noche en Delhi y regresó a casa la tarde del 20 de junio. «Durante años creyó el relato estatal de que los manifestantes son terroristas y la policía es muy amable», explicó Bora. «Ojalá hubiera podido ver la brutalidad policial que vino después».
Ese día, Bora y dos compañeros de huelga de hambre pusieron fin al ayuno. No esperaba el número de personas que salieron a apoyar al CJP. «Dejó claro que la ira no se dirigía solo contra Dharmendra Pradhan, sino también contra el abandono continuado de la juventud y el desempleo».
EL 24 DE JULIO, Modi se dirigió por fin a los manifestantes. En su primer vídeo selfie en Instagram, con un lenguaje vacilante y un encuadre torpe, prometió una nueva legislación, medidas estrictas y tribunales especiales de tramitación rápida para castigar a los responsables. No dijo nada sobre la exigencia de dimisión de Pradhan.
En cuestión de minutos apareció una avalancha de reels que calificaban el vídeo de «cringe» [carroza] y a Modi de «Unc Pro Max» [Tío anticuado], «unc» en la jerga de la generación Z significa «tío». Los jóvenes consideraron simbólicas sus promesas y dijeron que apenas había respondido a sus preocupaciones. También ofrecieron al primer ministro tutoriales gratuitos sobre buenos ángulos de cámara y cómo escribir mejores guiones.
Una tendencia viral pide «controles de columna vertebral» para comprobar qué personalidades públicas han tenido el valor de hablar e invita a dejar de seguir a quienes no lo han hecho. En los últimos días, más celebridades han expresado su apoyo a estudiantes y manifestantes.
Siguen circulando selfies tomados durante la detención policial y reels de baile grabados en comisarías. En Bihar, los manifestantes se burlaron de la policía porque no tenía granadas lacrimógenas para dispersarlos. Cuando recibieron los cañones de agua, respondieron con un «baile de la lluvia». En todo el país, huir de policías que cargan con porras se llama ahora Subway Surfers Protest Edition, en referencia al conocido videojuego de carrera. Los manifestantes comparten sus «puntuaciones» y se burlan de la mala forma física de la policía. También hay tutoriales de defensa personal y reels GRWM, «Get Ready With Me» [Prepárate conmigo], para preparar a la gente que va a protestar. Después de que el gobierno desplegara cámaras de vigilancia y herramientas de reconocimiento facial para seguir a los manifestantes, aparecieron nuevos reels que enseñaban a utilizar maquillaje para confundir la tecnología.
Las protestas se llaman fiestas y los manifestantes organizan micrófonos abiertos, concursos de talentos, improvisaciones musicales y bailes. Una nueva hornada de canciones de protesta se vuelve viral. Muchas personas promueven las «citas de protesta» en vez de las aplicaciones para encontrar pareja, con el fin de conocer a alguien que comparta la visión del mundo adecuada.
Los simpatizantes utilizan aplicaciones de reparto para enviar comida y otros recursos a los manifestantes. Durante las protestas campesinas, los medios atacaron a los agricultores por el acto supuestamente decadente de comer pizza. Los manifestantes de la generación Z publican reels de «Lo que como en un día» con hamburguesas, pizzas, momos [ravioles tibetanos muy populares como street food], fideos y barritas de proteínas. También muestran cómo les envían recursos desde todo el país y desde el extranjero, sin inmutarse por las acusaciones de injerencia exterior.
Los seguidores de políticos y partidos, tanto si difunden teorías conspirativas como si exigen pureza ideológica al movimiento, han sido bautizados «park-wale uncle and aunty», los viejos tíos y tías omnipresentes que rondan los parques de barrio de la India. Hay llamamientos a activar el «bloqueo infantil» de la televisión para impedir que los padres vean informativos comprometidos. Las cadenas son ridiculizadas por sus vídeos mal editados o generados mediante inteligencia artificial.
Antes, los manifestantes presentaban sus exigencias mediante memorandos y peticiones. Ahora llegan a través de memes y reels. Han ido mucho más allá de la reforma de los exámenes o la dimisión de Pradhan, que finalmente se produjo al día siguiente de que Modi se dirigiera a los manifestantes. Se oyen con frecuencia palabras como «responsabilidad» y «rendición de cuentas». También se pide la marcha del propio Modi, señal del descontento con el gobierno en su conjunto.
El lugar de protesta de Jantar Mantar, recuperado después de la represión del 20 de julio, se ha convertido en un espacio cultural de resistencia, solidaridad y comprensión. Hay obras de arte, música y langar sewa, un servicio comunitario para alimentar y cuidar a los manifestantes. Buena parte recuerda lo mejor de movimientos anteriores. Las cocinas comunitarias y el langar sewa fueron importantes en las protestas campesinas, y el campamento de Shaheen Bagh llegó a parecer una galería de arte callejera. Los participantes también critican abiertamente los vínculos del BJP con grandes empresas como Adani Group y Reliance Industries y denuncian a los godi media. Hay llamados a la unidad con agricultores y trabajadores, además de debates sobre casta y clase.
También existen otras solidaridades. Hay empatía con Manipur, el estado nororiental donde la apatía gubernamental ha permitido que la violencia comunitaria continúe durante tres años, y con Cachemira. Mujeres y personas queer han publicado reels que explican que el lugar de protesta es un espacio seguro. Personas de distintas religiones y procedencias lo visitan para expresar solidaridad, apoyo y preocupación.
La solidaridad se extiende a los trabajadores de las aplicaciones de reparto, muchos de los cuales son también estudiantes a tiempo parcial. «Los trabajadores de plataformas representan la falta de seguridad social y de trabajo digno disponible para los jóvenes cuando entran en el mercado laboral», me dijo Nitesh Kumar Das, secretario de organización de la Gig Workers Association [Asociación de Trabajadores de Plataformas Digitales]. «Estas protestas abren conversaciones para garantizar que los jóvenes tengan vías de acceso al empleo y también acceso a un trabajo sostenible, seguro y digno».
Un muro de la vergüenza en Jantar Mantar documenta la brutalidad policial. Los muros cercanos están cubiertos de grafitis. En uno se lee: «Toda una protesta porque un hombre-niño no entiende la indirecta». Otro exige la prohibición del RSS, proclama el grito ambedkarista «Jai Bhim» [¡Viva Bhimrao!] y declara «Jal jangal zameen and jobs hamari hain» [El agua, los bosques, la tierra y los empleos son nuestros], afirmando la propiedad popular de los empleos junto con el agua, los bosques y la tierra reclamados desde hace tiempo por las maltratadas comunidades tribales de la India.
También aparecen las consignas «Modi es una diva» y «Jab jab Modi darta hai, Hindu-Muslim karta hai»: cada vez que Modi tiene miedo, empieza a dividir a hindúes y musulmanes. Pragya Gautam ha conocido en la protesta a otras tres jóvenes de Prayagraj y ahora trabaja como voluntaria para coordinar recursos. Su madre habla con ella regularmente por videollamada. «Al principio estaba enfadada conmigo», contó, «pero me prometió que me dejaría volver a presentarme al NEET el próximo año si regreso». Planea volver a casa, «pero solo después de que Modi dimita».

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